Una estrategia para 2018

Las vacaciones de invierno son una deliciosa mentira. Llega el fin de año y con él, el de los ciclos. La escuela, el trabajo, los traumas personales. Todo ello se difumina, se aleja como un barco vikingo en llamas. Llegan las fiestas, las reuniones con la familia, con los amigos de antaño, y entre regalos, comidas y bebidas espirituosas, pareciera que los sinsabores del agonizante año se difuminan, y los esfuerzos han valido la pena: en las fiestas nada importa ya; lo qué hay que hacer es descansar, vivir el momento, comer y beber como romano. Pero todo ello es una ilusión.

Un día después de Navidad llega el golpe de realidad, el vacío existencial: las vacaciones no durarán más de una semana. En ocho días la realidad regresará despiadada, inmisericorde. Todo aquello que preferimos ignorar y suplir con comida y alcohol regresará como una cruda acumulada: los miedos, las preocupaciones, las incertidumbres causarán estragos, dolores de cabeza, mareos, náuseas, deshidratación… Hay que regresar a la oficina, hacer planeaciones, retomar los pendientes. Lo peor llega cuando nos damos cuenta de que este próximo inicio de ciclo no es más que una mentira que cada año nos contamos con grande fervor: los 365 días que vienen no son sino una continuación de los padecimientos de los 365 días que ya sufrimos. Los temores, las frustraciones nunca se fueron, sólo nos dieron un respiro. Las deudas, los hubieras, los porqués… Todo sigue allí.

Y entonces, como políticos en campaña, hacemos las mismas promesas de cada primero de enero: ahora sí voy a ahorrar, comeré más sano, bajaré estos 17 kilos de más, encontraré el verdadero amor, haré ejercicio, aprenderé a tocar el trombón, viajaré a Yemen, pagaré mis deudas, escribiré la gran novela latinoamericana… Y, como todos los años, cumpliremos esta lista en un diez por ciento, si bien nos va.

Quizá hemos fallado la estrategia. La vida no está como para cumplir un propósito al mes. No con la cotidianidad mexicana: levantarse temprano, ir a trabajar, sufrir al jefe, sufrir el tráfico, sufrir la mísera paga, sufrir el freelancing, sufrir los contratos temporales, sufrir la política, sufrir la violencia… Si vamos a tener un propósito que sea el de ser realistas: amar a pesar de nosotros, comer a pesar de la economía, trabajar a pesar de los jefes/compañeros/clientes, ayudar aun cuando seamos nosotros quienes necesitemos ayuda, escribir a pesar de vivir en una ciudad —en un país— donde las políticas públicas hacen hasta lo imposible por frenar la educación y la cultura. Pero, sobre todo, hay que hacerse los ánimos de amar porque podemos hacerlo, trabajar porque creemos en ello, ayudar porque la empatía así nos lo dicta, escribir porque tenemos algo que decir. Quizá así, y sólo así, tendremos un año mejor que el anterior.

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Una lista de listas

Es tiempo de las listas de lo mejor del año: las mejores películas, los mejores discos, las mejores series, los mejores memes y, claro está, los mejores libros. Y esto es siempre un ejercicio interesante para mí porque de entre las cosas que nunca he podido hacer bien destaca ésta de subirme a tiempo a cualquier tipo de tren: nunca asisto a los estrenos, las lecturas me llegan con meses —si bien me va— de retraso y cuando creo tener algo que decir, ya el tren se ha movido tres estaciones adelante.

Pero en días como hoy, quizá por ser diciembre, quizá porque tras un año de intenso trabajo la mente cansada hace reflexiones a veces afortunadas, a veces sólo ociosas, uno termina sorprendido ante la cantidad de listados de lo mejor del año. ¿A quién le interesa presumir sus lecturas de los últimos doce meses?Y, sobre todo, ¿a quién le interesa leer esa cantidad increíble de enumeraciones, producto de los tiempos de la libre y exacerbada opinión personal? Hay tantas listas de lo mejor de 2017 que seguramente pronto tendremos el listado de las mejores listas.

Como sea, independientemente de su número ingente, me gustan las listas de libros porque uno se entera de aquellos volúmenes que tal vez nos pasaron inadvertidos o, por el contrario, escuchamos por enésima vez sobre aquellos que han hecho tanto ruido que terminamos adquiriéndolos de una vez para ver cual es el maldito alboroto.

Más aún: he notado que esta bonita costumbre ha tomado dos vertientes por demás curiosas. Por un lado, están las listas del canon, «eruditas», las cuales se erigen como un franco concurso de popularidad, auspiciadas por «críticos» que hablan y recomiendan libros bajo el pomposo título de «Lo mejor de lo mejor» y que parecieran incluir solo las obras que los grandes consorcios y los amigos les han hecho llegar o, quizá peor, que no han podido —o no han querido— pasar de la mesa de novedades de las grandes librerías. Por otro lado, están las de aquellos que, en un ejercicio de honestidad, desprenden su listado de todo superlativo y simplemente afirman: «esto fue, ya por encargo, por casualidad o curiosidad, lo que leí este año y que me parece digno de mención». Y aunque ambas listas puedan coincidir en uno o varios títulos, hay una diferencia notable entre ambas. Mientras una asegura tener la verdad verdadera en las manos, la otra acepta sus limitaciones y suscribe sus sugerencias de aquello con lo que pudo trabajar. Esto, en verdad, me parece honesto y loable.

Tan solo en España, entre editoriales comerciales, independientes y ediciones de autor, se publicaron 81,391 libros en 2016. Eso equivaldría a leer 223 libros diarios. Ahora sumémosle lo que se publica en México y el resto de América Latina. Es cierto: en esta cifra se incluyen libros infantiles, juveniles, didácticos, de superación personal y de otro tipo que quizá no entren en nuestro radar de intereses. Pero, aún así, ¿quién tiene el tiempo y los recursos para leer todo lo que se publicó en un año? Yo, por mi parte, confieso que aún no termino de leer los que compré en la Feria del Libro del año pasado.

No obstante, reitero, me gustan las listas. Disfruto encontrarme con sus recurrencias —como en este año los libros de Antonio Ortuño y de Fernanda Melchor—, pero también con sus discrepancias y sorpresas. Ignoro si ustedes, al igual que yo, son asiduos a la lectura de este tipo de anuarios. Ignoro si quienes los escriben lo hacen por compromiso, por vanidad o por un sincero deseo de compartir y replicar sus experiencias literarias. Si quienes las leen son autores en busca rating, lectores interesados en confirmar su calidad de tales o agentes literarios que a la caza de la siguiente gran estrella. Si mis padres, mis primos o mis compañeros de trabajo se han topado con alguno de estos listados y han decidido hacer o hacerse un regalo navideño tomando en cuenta una o varias de sus recomendaciones. Esto último, en todo caso, sería lo ideal: llegar a quienes están un tanto apartados del mundo del libro.

Quizá la lista de listas no es tan mala idea: habría que proponer una que conjunte los éxitos comerciales de las transnacionales con aquellas lecturas del underground independiente que hicieron mella en los apasionados de la lectura. Porque, finalmente, las listas tendrían que ser eso: un índice de libros que, de tan bien logrados, resulten siginificativos para más de uno,  los leamos el año en que fueron publicados o cualquiera de los que están por venir.

Yo también soy escritor…

Cuando gozaba de las dulces mieles del godinato, noté una costumbre entre la gente del medio: cuando recién nos presentábamos, justo después de cuál era mi nombre, me preguntaban cuál era mi ocupación. Esto no tendría nada de particular, de no ser porque la verdadera intención encubierta era hacerme saber cuál —y cuán importante— era su trabajo:

—¿Y a qué te dedicas?

—Yo estoy como Apoyo de Estrateg…

—Ah, mira. Yo soy Coordinador de Proyectos Estratégicos [lo que sea que eso signifique].

Y entonces yo terminaba la charla, pues sabía lo que venía a continuación: «he hecho esto, aquello y lo demás; gano tanto al mes; una vez conocí al diputado Pérez…». Como los dioses no me congraciaron con el bloqueo mental diplomático, al instante tomaba una carpeta o el teléfono, los veía con preocupación, y decía «Uy, permíteme, tengo que revisar esto de manera urgente». Aunque al principio esta respuesta mía me parecía completamente descortés, luego entendí que a estos individuos en cuestión no les preocupa: siempre hallarán la manera de contarte sus hazañas aunque lo hayan hecho ya 17 veces antes.

Sin embargo, cuando dejé la vida de oficina y sus banalidades —como la quincena puntual y el aguinaldo—, también me alejé de esta curiosa práctica social. Primero, porque pasaba los días encerrado en casa o encerrado en la cantina: convivía a diario con los mismos rostros familiares, quienes no tenían interés en tales rutinas. Y, después, porque durante mucho tiempo no sabía definirme: cuando, por alguna extraña casualidad alguien intentaba realizar este tipo de interacción, yo evitaba responder de manera directa con frases como «Esto que ves es lo que hago» o «¿Qué significa realmente eso de “dedicarse a algo”?», con lo que la situación se enrarecía y entonces era la otra persona la que tomaba su teléfono y se disculpaba para contestar un mensaje fantasma.

Me tomó un par de años, después de publicar una plaquette y una novela, asumirme como escritor: título que evitaba por considerarlo pomposo y que, para mi sorpresa, causaba cierto entusiasmo —al menos, más del que causaba cuando era oficinista. «¿Y qué escribes?» era la pregunta inmediata. «Narrativa… cuentos y novelas». «Ah, cuentos como para niños». «No, los cuentos no son necesariamente para niños… Digamos que escribo historias». Y la conversación seguía con otras preguntas y aseveraciones erróneas por el estilo, de cosas que no todo el mundo tiene por qué saber.

Pero, entonces, como demonio del pasado, esta estirpe de necesitados de sí mismos finalmente me encontró. No bien había dicho «Soy escritor», su réplica instantánea fue «Ah, yo también escribo». Tal afirmación, aún a estas fechas, me sigue desarmando en la interacción social. «Ah… ¿y qué escribes?», dije yo sin saber muy bien para dónde hacerme. «Pues de todo. Escribo cosas de filosofía, de política. Historias de mi vida. También tengo poemas, canciones, calaveritas, bombas…». ¡Ahora era yo quien estaba preguntando! Había intentado escapar del demonio de la presunción godinezca y me lo había encontrado de nuevo en estos lares —que quizá son también sus lares. La cosa se puso peor cuando cometí la imprudencia de decir que también soy editor.

Todo el mundo tiene un artista interior, frustrado o no, y creo que eso está bien. Pero no deja de llamarme la atención que aún en nuestros días, cuando todo padre responsable sabe que no debe dejar a su hijo estudiar Literatura o Letras Hispánicas o Filosofía porque luego de qué va a vivir, exista un halo de misticismo y romanticismo en la figura del escritor. Ignoro cuál es la idea que cada uno de ustedes tendrá de esta bonita profesión —¿o será oficio?, ¿divertimento, acaso?—: si creen que los escritores hablan con las musas, si ganan millonadas en regalías, si tienen cientos de mujeres y hombres tras sus partes pudendas… Supongo que habrá de todos los casos. Por lo pronto, uno tiene que vivir como siempre lo ha hecho, con sus privilegios y limitaciones, con sus demonios y traumas de la infancia, con la mundanalidad de levantarse temprano para ir a trabajar o hacer el desayuno o llevar a los hijos a la escuela o preocuparse porque los primeros seis meses del año son un terribles para el freelancing. Y, con todo ello, uno tiene que encontrar el tiempo para sentarse a escribir: para exorcizar demonios, para decir eso que necesita ser dicho o por la mera vanidad que surge cuando se te acercan con un «Me gustó mucho tu libro, ¿para cuándo el otro?».

 

De historias…

Leo una entrada del blog del Washington Post dedicada a Sara Hurwitz, la mujer detrás de los discursos de Michelle Obama desde hace siete años. De entre todo, me llaman la atención dos cosas.

La primera es la relación entre ambas mujeres. Al escribir, Hurwitz utiliza tapones en los oídos e imagina la voz de Obama mientras las palabras aparecen en la pantalla. Su nivel de compenetración ha sido tal, que puede discernir si una expresión o toda una frase corresponden o no al discurso de la primera dama. Lo anterior es producto del trabajo mano a mano que comenzó siete años atrás con las palabras: «Ok, ésta es quien soy. De aquí es de donde vengo. Ésta es mi familia. Éstos son mis valores y ésto es de lo que quiero hablar». Obama, dice Hurwitz, sabe quién es, qué piensa, qué quiere decir.

La otra, es una anécdota. «Esta escuela fue fundada como parte de un esfuerzo deliberado y sistemático por acabar con su cultura, para literalmente aniquiliar quiénes son y en lo que creen. Pero mírense ahora, las lenguas nativas que alguna vez fueron estrictamente prohibidas, ahora hacen eco a través de los pasillos y en las conversaciones nocturnas que tienen en sus dormitorios». Lo anterior es parte del discurso que la primera dama dio en la Santa Fe Indian School. Un discurso que conmovió a la misma Hurwitz, a pesar de que ella ayudó a confeccionarlo, pues fue consciente del peso de sus palabras: ahí estaba la tataranieta de esclavos hablando de libertad a un auditorio lleno de estudiantes indios americanos. Ahí, toda la historia personal de Obama y su contexto actual e histórico se le revelaron.

Todos contamos historias: a nuestra familia, a nuestros jefes, a la gente que nos sigue en las redes sociales. Todo lo que decimos habla de nosotros, de la historia que queremos contar, seamos o no conscientes de ello. Las historias nos mueven, nos impactan, nos emocionan. Pero para contar una buena historia es necesario llegar a cierto grado de conocimiento, ya sea propio o de nuestro personaje. ¿Qué tanto nos conocemos? ¿Qué tan bien decimos lo que queremos comunicar? ¿Hacia dónde nos dirigen nuestras historias? Y, más importante, ¿qué nos hará sentir nuestro relato cuando el tiempo y las circunstancias nos obliguen a tomar distancia?

 

 

 

De cómo aprendí a hablar y escribir (o la importancia de la enseñanza de la comunicación oral y escrita)

Ya sea para explicar los principios básicos de la física cuántica o para destrozar la nueva película de superhéroes, el lenguaje –oral o escrito– es un factor determinante para que nuestro interlocutor reciba nuestro mensaje de manera correcta o para confundirlo aún más sobre cualquier cosa. Y es que, habiendo adquirido el lenguaje desde pequeños, pareciera que su uso correcto queda por sentado. Sin embargo, todos los días –en la internet, en la televisión, en la escuela e incluso en el café de la esquina– se nos demuestra lo contrario: frases inconexas, ideas contradictorias, rodeos innecesarios, léxico limitado y términos mal empleados saturan la comunicación humana. ¿Cómo es posible que esto suceda cuando todos los días nos comunicamos con un sinfín de personas?

La respuesta, me parece, radica en que, por una parte, el lenguaje es concebido como un instrumento innato que no necesita de análisis  y, por otra, la forma en que se han separado sus características lógicas de las prácticas, eliminando así toda relación posible entre la gramática y el mundo cotidiano. No obstante, la importancia de una correcta enseñanza de la comunicación oral y escrita radica precisamente en combatir estos males y propiciar un mejor entendimiento del mundo a través del análisis del lenguaje, su uso crítico y preciso, su profesionalización y apropiación en diferentes discursos.

Para discutir lo anterior, baste un ejemplo personal: nunca fui un estudiante modelo. De la primaria y la secundaria sólo tengo recuerdos borrosos. Poco entendía y poco me interesaba entender. Años después estuve a punto de dejar la preparatoria hasta que un hecho lamentable me acercó a la literatura. De ahí en adelante las cosas comenzaron a cambiar. Finalmente, ya en la facultad, una profesora de Lingüística me abrió los ojos: en un curso de cinco meses comprendí y le di sentido a toda esa información que se había acumulado a lo largo de 15 años. A través de la observación del uso del lenguaje cotidiano, de la mano de autores que ponían en palabras claras lo que antes fue una serie de reglas sin sentido, vislumbré claramente el andamiaje en el cual se sustenta la lengua: cómo su estructura permite ciertos significados, cómo potencializa muchos, cómo anula otros tantos. El lenguaje, después del análisis, se convierte un juego en el que uno va ganando mientras mejor comprende sus formas.

A partir de ese momento, me di cuenta de que cada palabra que utilizamos está cargada de un sentido y un significado peculiares. Aquellos discursos memorables de grandes autores, un cuento que permanece en nuestra memoria o una frase en una película que se vuelve inmortal son el resultado de un uso crítico del lenguaje, del arduo trabajo de un autor que busca comunicar algo muy concreto a través de conceptos y palabras precisos. En contraste, los lamentables discursos de la clase política o las opiniones maniqueas hechas al vapor de los líderes de opinión improvisados, sólo reciclan un lenguaje vacío y hasta contradictorio. A este respecto, recuerdo un ejercicio propuesto por los académicos de una universidad norteamericana en el se disponía una serie de frases genéricas que, en combinación, daban como resultado oraciones como “El estado actual de las circunstancias obliga a la reflexión” o “El inicio de la acción general facilita la creación del sistema participativo”: lugares comunes de la jerga política que dicen mucho y nada a la vez. En este sentido, la enseñanza de la correcta utilización del lenguaje contribuye a la concientización de los matices e impacto de las palabras que configuran oraciones y discursos coherentes, claros y cohesivos.

Esto, dicho como se ha manifestado, se antojará obvio para la muchos. No obstante, resulta complicado llevarlo a la práctica. En los casi diez años que tengo ejerciendo como corrector de estilo, he visto fallas terribles de sintaxis y coherencia –ya no digamos de ortografía– en textos y discursos realizados lo mismo por estudiantes, profesionistas o académicos de larga trayectoria. Estos errores van más allá de un simple gazapo editorial, pues reflejan una falta de claridad y organización en los procesos mentales de los autores. De nada sirve generar conocimiento si no podemos compartirlo. Cientos de papers científicos quedan sin publicarse debido a que los autores no cumplen con el estándar mínimo de calidad propuesto por las revistas científicas, mientras que otros tantos jamás llegarán a sus destinatarios porque la redacción es oscura, contradictoria o redundante. Si esto pasa con las altas esferas académicas, ¿qué podemos esperar de estudiantes o profesionistas que ven al lenguaje como un mal necesario para transmitir sus ideas?

Si comprendemos lo anterior, podremos intuir que esta instrucción no sólo impacta el área académica, sino que también tiene sus repercusiones en la vida diaria. A cada paso nos encontramos con diferentes discursos que involucran al lenguaje oral y escrito. Cada situación a la que nos enfrentamos requiere de nosotros un uso especial y efectivo del lenguaje: formal, informal, figurado, literal, especializado y hasta humorístico. Por lo tanto, la enseñanza efectiva de la comunicación oral y escrita aportará a la mayor comprensión de los sucesos culturales (quién dice qué y cómo lo dice, por qué lo dice, cómo funciona dentro del contexto, su relevancia o la falta de ésta) y a nuestra participación dentro de ellos.

De todo lo anterior, podemos concluir que la enseñanza de la comunicación oral y escrita es un factor determinante para la comprensión de los hechos del mundo y nuestra participación dentro de ellos. No sólo nos provee de herramientas para el análisis discursivo, sino que nos hace conscientes de que cada palabra, como las piezas de un rompecabezas, posee una función específica, en la que un ligero matiz puede hacer la diferencia. Por otra parte, el área académica en todos los niveles requiere de la profesionalización del lenguaje para que el conocimiento generado pueda llegar sin problemas o distorsiones a sus destinatarios. Empero, esta instrucción no se limita a las áreas del conocimiento formal, sino que además impacta a estudiantes, profesionistas, artistas y población en general para analizar y apropiarse de los diferentes discursos que permean la realidad. Gracias a esto, los discursos que generemos contribuirán al gran discurso colectivo que busca ser coherente, cohesivo, crítico y significativo, y que combatirá la ignorancia surgida en una era en la que pulula la información distorsionada, efímera y manipulada.