Escribir en daguerrotipo

La semana pasada, un gran amigo y maestro publicó lo siguiente en su muro de Facebook:

2-friedrich-wj-von-schelling-granger«En su “Pequeña historia de la fotografía”, Benjamin refiere cómo durante los primeros daguerrotipos se empleaban unas placas que obligaban a los modelos a largos períodos de inmovilidad, que el resultado era la síntesis del carácter del personaje inmortalizado en la duración de su gesto, en el silencio que reposaba en su rostro (a diferencia de mecanismos instantáneos que tienden a estandarizar y uniformar los caracteres).
Uno de los ejemplos que emplea es el de la imagen de 1850 de Schelling: “No hay más que observar la levita: podrá con toda confianza acompañarlo a la inmortalidad; las formas que adoptó en su portador no valen menos que las arrugas de su rostro”.
En esta época de selfies e instantáneas, donde el fotografiado y la fotografía coinciden sin distancia ni duración, ¿qué o a quién objetiva la imagen?, ¿qué carácter es dicho en una imagen sin mediación, sin distancia y sin duración?
».

En el último año he conocido a escritores, contemporáneo o incluso más jóvenes, que han comenzado a escribir desde muy temprana edad y se han hecho de una incipiente pero firme carrera literaria, con publicaciones en antologías, libros propios y obtención de premios locales y nacionales. Y aunque varios reciclan sus textos, muchos de ellos tienen un compromiso férreo con la creación y dedican sus noches (o mañanas, o tardes, o breaks de comida en la oficina) para escribir.

Yo, por mi parte, escribo lento y poco. Apenas me viene una idea, la desecho porque su desarrollo no me emociona. Luego madura y no me convence su tratamiento. Quizá la escriba después, quizá nunca. Entonces aparecen elementos nuevos –o incluso una nueva idea– y las palabras comienzan a fluir: el proceso se completa y puedo vislumbrar la esencia del relato y darle sentido. Luego viene la revisión y es trabajar durante días, semanas o meses. Para entonces ya mis contemporáneos han publicado 134 poemas, 42 cuentos, 23 novelas: todos de reciente creación.

Es poco lo que he publicado (apenas una plaquette con tres cuentos, otro par en alguna revista y, finalmente, una novela que saldrá próximamente sidiosnosdalicencia). Mi CV de autor es más bien raquítico y hay que complementarlo con alguna graciosada para que el lector no se sienta timado. Pero esta escasez es intencional, aunque no por eso menos atribulada.

Admiro a quienes la producción les es inherente, casi natural. Quienes escriben –y casi casi publican– un relato cada quince días, un poema cada semana o una novela al año, gozan o de singular genilalidad o de una seguridad inefable que los exime de preocupaciones y los protege ante la crítica o el olvido. Empero, y debo admitirlo con tristeza, la mayoría de estos trabajos no me emociona. Quizá se deba a  una mala lectura de mi parte, quizá es una tendencia de los tiempos, pero los encuentro planos y muy similares entre sí. No me significan tanto como, creo, deberían hacerlo. Tal vez es cuestión de gustos.

Yo, por mi parte, no puedo sino emular con torpeza el proceso del daguerrotipo del que habla Benjamin: mucho tiempo contemplando el relato, ahí de pie intentando procesar una idea, una interpretación que se va endurenciendo en la cabeza, a la vista, en las manos, en las teclas. Las palabras aparecen ahí en la hoja, después de mucho tiempo, con arrugas, labios apretados y mirada cansada. Al final, sólo puedo esperar relatos imperfectos pero que, con suerte, conservarán la tensión del retrato de Schelling.

 

 

 

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