Esto no es una competencia (al menos, no una que queramos ganar)

Sí. Tienes toda la razón:

Tengo la fortuna de pertenecer a una familia a la que nunca le faltó un sueño tranquilo. Mis padres son buenas personas: ambos vivos, ambos trabajadores, ambos amorosos. No recuerdo haberlos visto pelear nunca. Nunca se gritaron. Mi padre jamás golpeó a mi madre, ni a mi hermana, ni a mí, ni al perro. Bastaba con decirnos que estaba muy decepcionado de nosotros para desatar nuestras lágrimas y nuestro arrepentimiento. Fui a la escuela. Todas las tardes me ayudaron con mi tarea; salvo, quizá, aquellas en las que había mucho quehacer en casa, o los padres morían de cansancio, o era la cuarta o quinta vez que repetíamos la lección y yo ya no tenía remedio. Jamás tuve la necesidad de trabajar de chico: lo hacía por el mero gusto, porque, además, mis viejos querían que aprendiera algo sobre la responsabilidad. Nunca tuve que robar: cuando lo hice, era un chiquillo idiota con aspiraciones idiotas; consecuentemente, aprendí mi lección. Estudié una carrera. Una no muy lucrativa, para pesar de mis padres. Tuve vacaciones en la playa. Salidas a restaurantes. Pijamadas con amigos. Estudié una maestría, gracias a una beca, en una universidad privada. Vivo en un apartamento bastante decente. Puedo darme el lujo de no trabajar un par de días aunque eso implique pasar las siguientes 72 horas pegado a la computadora. Como bien y bebo bien.

Tienes toda la razón. Hay quienes en verdad la pasa mal: quienes viven con hambre, quienes trabajan 16 horas diarias para apenas mantener unida a una familia bajo el techo de un cajón con etiqueta de casa hecha en serie. Quienes viven en constante amenaza de muerte. Quienes se despiertan a media noche con el ruido de una explosión o el recuerdo de sus hermanos decapitados. Sí: yo, hasta ahora, he tenido una buena vida. Yo no tengo de que quejarme. Yo. Pero quizá esto no es enteramente cierto.

Porque si bien solo he pasado por un par de asaltos en la vida en los que perdí un teléfono celular y un reloj marca Duracell —¿cuántos asaltos debe sufrir uno para que la cifra sea significativa?—, la sensación de miedo e impotencia fue la misma cuando supe que mi padre casi tuvo una crisis nerviosa después de recibir una llamada anónima de alguien que pedía una cifra millonaria a cambio de no descuartizar a mi hermana —como con la abuela de Ana, como con la tía de Paulina. Lo mismo me pasó cuando asaltaron a Annette en Chapultepec, o cuando levantaron a la hermana de Elena, o cuando le dispararon al cuñado de Pedro, que ahora está en coma. ¿Acaso a ti no se te revolvió el estómago cuando te enteraste de los 43 desaparecidos —¿en dónde? ¿por qué? ¿por quién?—; de los reporteros asesinados en el ejercicio de su profesión; de Mara, cuyo error fue confiar en la ética de su conductor? ¿No se te desbordan las vísceras con el suicidio de un joven que, lejos de hacernos reflexionar, incita al odio sólo por sus preferencias sexuales? ¿No piensas, al menos, que los jóvenes que aún no aparecen podrían ser tus primos, tus sobrinos, tus hijos, tú mismo al salir de la escuela o la oficina?

(Pienso en mis padres, cuando decían que antes era seguro salir a jugar a la calle. Pienso en nosotros, cuando era seguro ser estudiante.)

Tienes toda la razón. A diferencia tuya, yo la he tenido fácil en muchos sentidos. Pero eso no me tapa los ojos. No me hace indiferente a que vivas en un país donde el dinero y la buena vida se concentran en un mínimo porcentaje de la población. Donde no sabes si mañana ya no verás a tu madre. Pero esta no es una competencia. Al menos, no una que ninguno de nosotros deba ganar.

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Hay que tener agallas para emprender un viaje

Como con casi todo, tengo una relación complicada con los viajes. Es decir, me encanta viajar, conocer nuevos destinos, regresar a aquellos lugares significativos que, usualmente, Mégico Máxico, parecen no haber sufrido el paso del tiempo. Con lo que tengo problemas, en realidad, es con la travesía.

No sé en qué momento comencé a padecer este malestar. Quizá tiene que ver con uno de los primeros recuerdos que tengo a este respecto: una visita que hacíamos año con año a Durango. Ocho horas, aproximadamente, pasábamos mis padres, mi hermana y yo sobre la carretera. La estrategia era sencilla: salir muy tarde, casi a la media noche, para llegar muy temprano, apenas salía el sol, a que nos recibiera la familia. Pero el viaje en autobús, como puede suponerse, era incómodo. Imagino que lo era aun más para mis padres: estar al pendiente, cuidar a los niños, brindarles las cobijas y parte del mismo incómodo asiento para que puedan dormir lo más cómodos posible. El problema fue una ocasión en que unos desconocidos, a medio camino, se subieron al camión y asaltaron a los pasajeros. Desconozco los detalles. Recuerdo, entre imágenes borrosas y adormiladas, un par de siluetas andando de un lado a otro por el pasillo, a mi padre levantándose de su asiento, susurrando algo, a mi madre tapándome y diciéndome “vuélvete a dormir”. Luego, años después, me enteraría más o menos bien de los sucesos. Mis padres me contaron que los pasajeros decidieron mantener la calma. Que mi padre alcanzó a esconder su cartera. Que el conductor estaba nervioso y tuvieron que calmarlo. Que uno de los pasajeros perdió todo y, entre los demás, donaron lo suficiente para que pudiese regresar a Guadalajara: ya no tenía nada que hacer allá. Hace un par de días, después de mucho de no viajar en autobús, me doy cuenta que ya no hacen escalas, revisan las maletas de mano previo abordaje y hasta hay un registro en video de los pasajeros.

Los viajes en avión, por su parte, no me causan menos ansiedad. Primero, como a más de uno, me preocupa que el avión se caiga o aterrice de emergencia en Los Alpes y, después de varios días, me vea en la necesidad de comer pierna de copiloto. Después, que, por azares del destino, como ya pasó alguna vez, el avión se vaya sin mí. Eso, sin contar con que odio los retrasos de vuelos —que pueden hacer que salgas hasta medio día después—, que sobrevendrán los asientos o que me cobren tres mil pesos por 400 gramos más de equipaje.

Y es que el protocolo de seguridad de los aviones, gracias a los eventos de los últimos 17 años, se ha vuelto una prueba de varias etapas: llegar dos o tres horas antes al checkin; contestar una encuesta con preguntas como “¿Pertenece a algún grupo terrorista?” o “¿Planea usted secuestrar el avión?”; evitar empacar bebidas, cremas, gel, lociones o cualquier cosa que pueda, aunque sea remotamente, utilizarse para crear una bomba; antes de abordar, sacarse los zapatos, el cinturón, las llaves, el teléfono, las monedas; extraer de la mochila computadoras o tabletas o cualquier equipo electrónico…

En una ocasión viajaba solo a visitar a mi familia en Phoenix. Tendría unos 19 o 20 años. De ida, que recuerde, no hubo mayor complicación. En el vuelo de regreso, sin embargo, mientras esperaba en la sala correspondiente, una mujer en traje sastre nos abordó a mí y a otro sujeto que estaba a algunas butacas de distancia. “Disculpen, ¿ustedes viajan solos?”, preguntó de manera muy cortés, a lo cual ambos respondimos que sí. “Muy bien”, siguió con una gran y amistosa sonrisa, “por favor, acompáñenme”. En ese momento pensé que se cumpliría una de las fantasías de los viajeros: cuando llegáramos a su escritorio nos diría que un par de personas habían cancelado su boleto de primera clase y había dos espacios para nosotros. Pero la realidad fue diferente. En lugar de esa agradable noticia, la sorpresa consistía en una revisión personal y exhaustiva —aunque, por fortuna, no demasiado exhaustiva.

La planeación y la espera antes de abordar pueden ser tediosas, pero es sólo el inicio: uno nunca sabe qué sorpresas nos tendrán el camino o los pasajeros o el chofer o todos juntos. Hace unos días, de regreso de Zamora, ya en Guadalajara, el conductor hizo alto total. Después de unos minutos salió de su cabina y preguntó en voz alta: “¿Alguien sabe cómo llegar a la central?”. Nadie contestó: o nadie sabía, de hecho, o pensaron que se trataba de una broma. Finalmente me levanté de mi asiento, vi la calle y le expliqué la ruta. Me agradeció, no sin un dejo de vergüenza, y me pidió que me sentara en el asiento del copiloto hasta llegar a nuestro destino.

Otro caso. Años atrás, en mi primer y hasta ahora último viaje a Europa, en cuanto me subí al avión supe que las siguientes 12 horas iban a ser difíciles. En una fila para tres personas, yo estaba en medio: entre un calvo que pasó el trayecto inconsciente y una señora cubana grandísima, enorme, como de película de Martin Lawrence. Odio que los desconocidos me toquen, pero mi madre me enseñó a ser prudente y educado —aunque no lo logre la mayoría de las veces— y aguanté estoico sus constantes roces, cuando su brazo estaba sobre mi hombre, cuando se recostaba sobre mí y cuando hacía un esfuerzo sobrehumano al ir y venir del baño cada quince minutos. Decidí no prestarle demasiada importancia al asunto y ver una película. Puse los audífonos y elegí, creo, The Hangover 2. Pasaron 15 minutos y sentí un golpeteo en mi hombro derecho. Me quité los audífonos y la cubana me dijo “Oye, ponme eso que estás viendo porque estás muy divertido y yo también me quiero reír”. De nuevo, actué como si mi madre me estuviera viendo, y procedí a ponerle la película a la enorme cubana. Horas después, cuando hicimos la escala en Bogotá, la señora descendió y la cosa, afortunadamente, no pasó a mayores.

Una más. Era 2014 y los ahorros escaseaban. Fui de visita a Ciudad de México porque necesitaba relajarme. La pasé bien. De regreso —siempre de regreso— supe que habría problemas: a un lado mío, una señora regaña a sus hijos mientras intenta sentarlos en sus respectivos sillones. Finalmente, la señora se sienta a mi lado, junto con su hijo más pequeño. El niño llora. Llora. LLORA. Ella le prepara un biberón que parece calmarlo. Es media noche. Yo me cubro con una frazada e intento dormir. Una hora después el llanto del niño vuelve y yo despierto, alarmado. La señora suspira, lo regaña, lo consuela, regaña a alguien más, saca algo de su bolso, le pasa el niño al papá. Un olor agrio comienza a llenarme la nariz y ya no me deja dormir. Cuando hay un poco de luz, me doy cuenta de que sobre mi cobija hay restos de lo que alguna vez fue Nesquik de fresa.

Tal vez la solución sea viajar en auto, como he intentado hacerlo durante los últimos años. El primer viaje memorable —y que algún día contaré por acá— fue el que hicimos hace ya casi una década por seis ciudades del país. O aquellos en que hemos salido de gira editorial. O en el último par de vacaciones. Pero tampoco se está exento de contrariedades: puede ser más costoso, a veces uno está cansado y es riesgoso, puede que el auto falle, que nos encontremos con algún grupo delictivo o que, como me sucedió hace unos meses, se truene una llanta sin razón aparente.

Pienso en tiempos más sencillos. Aquellos en los que no había revisiones exhaustivas ni sobrevendían los asientos. Tiempos, también, en los que no había tanta oferta de vuelos, ni carreteras directas, ni televisiones individuales detrás de cada asiento. Pienso en tiempos incluso más simples, en los que la gente tardaba días o semanas en llegar a su destino. Pienso en ese dicho trillado: “Lo importante es el camino, no el destino”. O en esa sobadísima comparación de que la vida es sólo un momento transitorio, un viaje: uno con políticas de seguridad complejas, choferes que no saben a dónde van y niños que nos vomitan encima. Y está bien. Hay que tener agallas para emprender un viaje. Cualquiera. Hay que tener agallas para subirse a un avión con todo lo que ello implica. Hay que tenerlas para pasar las siguientes seis horas en un autobús más bien incómodo y chutarse las películas de Steven Seagal o su equivalente actual. Hay que tenerlas para levantarse todos los días y seguir avanzando en este tren que es la vida y que quién sabe a dónde o cuándo arribará. Al final, son los viajes los que nos dan grandes anécdotas a nuestro regreso. Porque… de algo tenemos que platicar.

Una estrategia para 2018

Las vacaciones de invierno son una deliciosa mentira. Llega el fin de año y con él, el de los ciclos. La escuela, el trabajo, los traumas personales. Todo ello se difumina, se aleja como un barco vikingo en llamas. Llegan las fiestas, las reuniones con la familia, con los amigos de antaño, y entre regalos, comidas y bebidas espirituosas, pareciera que los sinsabores del agonizante año se difuminan, y los esfuerzos han valido la pena: en las fiestas nada importa ya; lo qué hay que hacer es descansar, vivir el momento, comer y beber como romano. Pero todo ello es una ilusión.

Un día después de Navidad llega el golpe de realidad, el vacío existencial: las vacaciones no durarán más de una semana. En ocho días la realidad regresará despiadada, inmisericorde. Todo aquello que preferimos ignorar y suplir con comida y alcohol regresará como una cruda acumulada: los miedos, las preocupaciones, las incertidumbres causarán estragos, dolores de cabeza, mareos, náuseas, deshidratación… Hay que regresar a la oficina, hacer planeaciones, retomar los pendientes. Lo peor llega cuando nos damos cuenta de que este próximo inicio de ciclo no es más que una mentira que cada año nos contamos con grande fervor: los 365 días que vienen no son sino una continuación de los padecimientos de los 365 días que ya sufrimos. Los temores, las frustraciones nunca se fueron, sólo nos dieron un respiro. Las deudas, los hubieras, los porqués… Todo sigue allí.

Y entonces, como políticos en campaña, hacemos las mismas promesas de cada primero de enero: ahora sí voy a ahorrar, comeré más sano, bajaré estos 17 kilos de más, encontraré el verdadero amor, haré ejercicio, aprenderé a tocar el trombón, viajaré a Yemen, pagaré mis deudas, escribiré la gran novela latinoamericana… Y, como todos los años, cumpliremos esta lista en un diez por ciento, si bien nos va.

Quizá hemos fallado la estrategia. La vida no está como para cumplir un propósito al mes. No con la cotidianidad mexicana: levantarse temprano, ir a trabajar, sufrir al jefe, sufrir el tráfico, sufrir la mísera paga, sufrir el freelancing, sufrir los contratos temporales, sufrir la política, sufrir la violencia… Si vamos a tener un propósito que sea el de ser realistas: amar a pesar de nosotros, comer a pesar de la economía, trabajar a pesar de los jefes/compañeros/clientes, ayudar aun cuando seamos nosotros quienes necesitemos ayuda, escribir a pesar de vivir en una ciudad —en un país— donde las políticas públicas hacen hasta lo imposible por frenar la educación y la cultura. Pero, sobre todo, hay que hacerse los ánimos de amar porque podemos hacerlo, trabajar porque creemos en ello, ayudar porque la empatía así nos lo dicta, escribir porque tenemos algo que decir. Quizá así, y sólo así, tendremos un año mejor que el anterior.

Una lista de listas

Es tiempo de las listas de lo mejor del año: las mejores películas, los mejores discos, las mejores series, los mejores memes y, claro está, los mejores libros. Y esto es siempre un ejercicio interesante para mí porque de entre las cosas que nunca he podido hacer bien destaca ésta de subirme a tiempo a cualquier tipo de tren: nunca asisto a los estrenos, las lecturas me llegan con meses —si bien me va— de retraso y cuando creo tener algo que decir, ya el tren se ha movido tres estaciones adelante.

Pero en días como hoy, quizá por ser diciembre, quizá porque tras un año de intenso trabajo la mente cansada hace reflexiones a veces afortunadas, a veces sólo ociosas, uno termina sorprendido ante la cantidad de listados de lo mejor del año. ¿A quién le interesa presumir sus lecturas de los últimos doce meses?Y, sobre todo, ¿a quién le interesa leer esa cantidad increíble de enumeraciones, producto de los tiempos de la libre y exacerbada opinión personal? Hay tantas listas de lo mejor de 2017 que seguramente pronto tendremos el listado de las mejores listas.

Como sea, independientemente de su número ingente, me gustan las listas de libros porque uno se entera de aquellos volúmenes que tal vez nos pasaron inadvertidos o, por el contrario, escuchamos por enésima vez sobre aquellos que han hecho tanto ruido que terminamos adquiriéndolos de una vez para ver cual es el maldito alboroto.

Más aún: he notado que esta bonita costumbre ha tomado dos vertientes por demás curiosas. Por un lado, están las listas del canon, «eruditas», las cuales se erigen como un franco concurso de popularidad, auspiciadas por «críticos» que hablan y recomiendan libros bajo el pomposo título de «Lo mejor de lo mejor» y que parecieran incluir solo las obras que los grandes consorcios y los amigos les han hecho llegar o, quizá peor, que no han podido —o no han querido— pasar de la mesa de novedades de las grandes librerías. Por otro lado, están las de aquellos que, en un ejercicio de honestidad, desprenden su listado de todo superlativo y simplemente afirman: «esto fue, ya por encargo, por casualidad o curiosidad, lo que leí este año y que me parece digno de mención». Y aunque ambas listas puedan coincidir en uno o varios títulos, hay una diferencia notable entre ambas. Mientras una asegura tener la verdad verdadera en las manos, la otra acepta sus limitaciones y suscribe sus sugerencias de aquello con lo que pudo trabajar. Esto, en verdad, me parece honesto y loable.

Tan solo en España, entre editoriales comerciales, independientes y ediciones de autor, se publicaron 81,391 libros en 2016. Eso equivaldría a leer 223 libros diarios. Ahora sumémosle lo que se publica en México y el resto de América Latina. Es cierto: en esta cifra se incluyen libros infantiles, juveniles, didácticos, de superación personal y de otro tipo que quizá no entren en nuestro radar de intereses. Pero, aún así, ¿quién tiene el tiempo y los recursos para leer todo lo que se publicó en un año? Yo, por mi parte, confieso que aún no termino de leer los que compré en la Feria del Libro del año pasado.

No obstante, reitero, me gustan las listas. Disfruto encontrarme con sus recurrencias —como en este año los libros de Antonio Ortuño y de Fernanda Melchor—, pero también con sus discrepancias y sorpresas. Ignoro si ustedes, al igual que yo, son asiduos a la lectura de este tipo de anuarios. Ignoro si quienes los escriben lo hacen por compromiso, por vanidad o por un sincero deseo de compartir y replicar sus experiencias literarias. Si quienes las leen son autores en busca rating, lectores interesados en confirmar su calidad de tales o agentes literarios que a la caza de la siguiente gran estrella. Si mis padres, mis primos o mis compañeros de trabajo se han topado con alguno de estos listados y han decidido hacer o hacerse un regalo navideño tomando en cuenta una o varias de sus recomendaciones. Esto último, en todo caso, sería lo ideal: llegar a quienes están un tanto apartados del mundo del libro.

Quizá la lista de listas no es tan mala idea: habría que proponer una que conjunte los éxitos comerciales de las transnacionales con aquellas lecturas del underground independiente que hicieron mella en los apasionados de la lectura. Porque, finalmente, las listas tendrían que ser eso: un índice de libros que, de tan bien logrados, resulten siginificativos para más de uno,  los leamos el año en que fueron publicados o cualquiera de los que están por venir.

Yo también soy escritor…

Cuando gozaba de las dulces mieles del godinato, noté una costumbre entre la gente del medio: cuando recién nos presentábamos, justo después de cuál era mi nombre, me preguntaban cuál era mi ocupación. Esto no tendría nada de particular, de no ser porque la verdadera intención encubierta era hacerme saber cuál —y cuán importante— era su trabajo:

—¿Y a qué te dedicas?

—Yo estoy como Apoyo de Estrateg…

—Ah, mira. Yo soy Coordinador de Proyectos Estratégicos [lo que sea que eso signifique].

Y entonces yo terminaba la charla, pues sabía lo que venía a continuación: «he hecho esto, aquello y lo demás; gano tanto al mes; una vez conocí al diputado Pérez…». Como los dioses no me congraciaron con el bloqueo mental diplomático, al instante tomaba una carpeta o el teléfono, los veía con preocupación, y decía «Uy, permíteme, tengo que revisar esto de manera urgente». Aunque al principio esta respuesta mía me parecía completamente descortés, luego entendí que a estos individuos en cuestión no les preocupa: siempre hallarán la manera de contarte sus hazañas aunque lo hayan hecho ya 17 veces antes.

Sin embargo, cuando dejé la vida de oficina y sus banalidades —como la quincena puntual y el aguinaldo—, también me alejé de esta curiosa práctica social. Primero, porque pasaba los días encerrado en casa o encerrado en la cantina: convivía a diario con los mismos rostros familiares, quienes no tenían interés en tales rutinas. Y, después, porque durante mucho tiempo no sabía definirme: cuando, por alguna extraña casualidad alguien intentaba realizar este tipo de interacción, yo evitaba responder de manera directa con frases como «Esto que ves es lo que hago» o «¿Qué significa realmente eso de “dedicarse a algo”?», con lo que la situación se enrarecía y entonces era la otra persona la que tomaba su teléfono y se disculpaba para contestar un mensaje fantasma.

Me tomó un par de años, después de publicar una plaquette y una novela, asumirme como escritor: título que evitaba por considerarlo pomposo y que, para mi sorpresa, causaba cierto entusiasmo —al menos, más del que causaba cuando era oficinista. «¿Y qué escribes?» era la pregunta inmediata. «Narrativa… cuentos y novelas». «Ah, cuentos como para niños». «No, los cuentos no son necesariamente para niños… Digamos que escribo historias». Y la conversación seguía con otras preguntas y aseveraciones erróneas por el estilo, de cosas que no todo el mundo tiene por qué saber.

Pero, entonces, como demonio del pasado, esta estirpe de necesitados de sí mismos finalmente me encontró. No bien había dicho «Soy escritor», su réplica instantánea fue «Ah, yo también escribo». Tal afirmación, aún a estas fechas, me sigue desarmando en la interacción social. «Ah… ¿y qué escribes?», dije yo sin saber muy bien para dónde hacerme. «Pues de todo. Escribo cosas de filosofía, de política. Historias de mi vida. También tengo poemas, canciones, calaveritas, bombas…». ¡Ahora era yo quien estaba preguntando! Había intentado escapar del demonio de la presunción godinezca y me lo había encontrado de nuevo en estos lares —que quizá son también sus lares. La cosa se puso peor cuando cometí la imprudencia de decir que también soy editor.

Todo el mundo tiene un artista interior, frustrado o no, y creo que eso está bien. Pero no deja de llamarme la atención que aún en nuestros días, cuando todo padre responsable sabe que no debe dejar a su hijo estudiar Literatura o Letras Hispánicas o Filosofía porque luego de qué va a vivir, exista un halo de misticismo y romanticismo en la figura del escritor. Ignoro cuál es la idea que cada uno de ustedes tendrá de esta bonita profesión —¿o será oficio?, ¿divertimento, acaso?—: si creen que los escritores hablan con las musas, si ganan millonadas en regalías, si tienen cientos de mujeres y hombres tras sus partes pudendas… Supongo que habrá de todos los casos. Por lo pronto, uno tiene que vivir como siempre lo ha hecho, con sus privilegios y limitaciones, con sus demonios y traumas de la infancia, con la mundanalidad de levantarse temprano para ir a trabajar o hacer el desayuno o llevar a los hijos a la escuela o preocuparse porque los primeros seis meses del año son un terribles para el freelancing. Y, con todo ello, uno tiene que encontrar el tiempo para sentarse a escribir: para exorcizar demonios, para decir eso que necesita ser dicho o por la mera vanidad que surge cuando se te acercan con un «Me gustó mucho tu libro, ¿para cuándo el otro?».

 

De cómo aprendí a hablar y escribir (o la importancia de la enseñanza de la comunicación oral y escrita)

Ya sea para explicar los principios básicos de la física cuántica o para destrozar la nueva película de superhéroes, el lenguaje –oral o escrito– es un factor determinante para que nuestro interlocutor reciba nuestro mensaje de manera correcta o para confundirlo aún más sobre cualquier cosa. Y es que, habiendo adquirido el lenguaje desde pequeños, pareciera que su uso correcto queda por sentado. Sin embargo, todos los días –en la internet, en la televisión, en la escuela e incluso en el café de la esquina– se nos demuestra lo contrario: frases inconexas, ideas contradictorias, rodeos innecesarios, léxico limitado y términos mal empleados saturan la comunicación humana. ¿Cómo es posible que esto suceda cuando todos los días nos comunicamos con un sinfín de personas?

La respuesta, me parece, radica en que, por una parte, el lenguaje es concebido como un instrumento innato que no necesita de análisis  y, por otra, la forma en que se han separado sus características lógicas de las prácticas, eliminando así toda relación posible entre la gramática y el mundo cotidiano. No obstante, la importancia de una correcta enseñanza de la comunicación oral y escrita radica precisamente en combatir estos males y propiciar un mejor entendimiento del mundo a través del análisis del lenguaje, su uso crítico y preciso, su profesionalización y apropiación en diferentes discursos.

Para discutir lo anterior, baste un ejemplo personal: nunca fui un estudiante modelo. De la primaria y la secundaria sólo tengo recuerdos borrosos. Poco entendía y poco me interesaba entender. Años después estuve a punto de dejar la preparatoria hasta que un hecho lamentable me acercó a la literatura. De ahí en adelante las cosas comenzaron a cambiar. Finalmente, ya en la facultad, una profesora de Lingüística me abrió los ojos: en un curso de cinco meses comprendí y le di sentido a toda esa información que se había acumulado a lo largo de 15 años. A través de la observación del uso del lenguaje cotidiano, de la mano de autores que ponían en palabras claras lo que antes fue una serie de reglas sin sentido, vislumbré claramente el andamiaje en el cual se sustenta la lengua: cómo su estructura permite ciertos significados, cómo potencializa muchos, cómo anula otros tantos. El lenguaje, después del análisis, se convierte un juego en el que uno va ganando mientras mejor comprende sus formas.

A partir de ese momento, me di cuenta de que cada palabra que utilizamos está cargada de un sentido y un significado peculiares. Aquellos discursos memorables de grandes autores, un cuento que permanece en nuestra memoria o una frase en una película que se vuelve inmortal son el resultado de un uso crítico del lenguaje, del arduo trabajo de un autor que busca comunicar algo muy concreto a través de conceptos y palabras precisos. En contraste, los lamentables discursos de la clase política o las opiniones maniqueas hechas al vapor de los líderes de opinión improvisados, sólo reciclan un lenguaje vacío y hasta contradictorio. A este respecto, recuerdo un ejercicio propuesto por los académicos de una universidad norteamericana en el se disponía una serie de frases genéricas que, en combinación, daban como resultado oraciones como “El estado actual de las circunstancias obliga a la reflexión” o “El inicio de la acción general facilita la creación del sistema participativo”: lugares comunes de la jerga política que dicen mucho y nada a la vez. En este sentido, la enseñanza de la correcta utilización del lenguaje contribuye a la concientización de los matices e impacto de las palabras que configuran oraciones y discursos coherentes, claros y cohesivos.

Esto, dicho como se ha manifestado, se antojará obvio para la muchos. No obstante, resulta complicado llevarlo a la práctica. En los casi diez años que tengo ejerciendo como corrector de estilo, he visto fallas terribles de sintaxis y coherencia –ya no digamos de ortografía– en textos y discursos realizados lo mismo por estudiantes, profesionistas o académicos de larga trayectoria. Estos errores van más allá de un simple gazapo editorial, pues reflejan una falta de claridad y organización en los procesos mentales de los autores. De nada sirve generar conocimiento si no podemos compartirlo. Cientos de papers científicos quedan sin publicarse debido a que los autores no cumplen con el estándar mínimo de calidad propuesto por las revistas científicas, mientras que otros tantos jamás llegarán a sus destinatarios porque la redacción es oscura, contradictoria o redundante. Si esto pasa con las altas esferas académicas, ¿qué podemos esperar de estudiantes o profesionistas que ven al lenguaje como un mal necesario para transmitir sus ideas?

Si comprendemos lo anterior, podremos intuir que esta instrucción no sólo impacta el área académica, sino que también tiene sus repercusiones en la vida diaria. A cada paso nos encontramos con diferentes discursos que involucran al lenguaje oral y escrito. Cada situación a la que nos enfrentamos requiere de nosotros un uso especial y efectivo del lenguaje: formal, informal, figurado, literal, especializado y hasta humorístico. Por lo tanto, la enseñanza efectiva de la comunicación oral y escrita aportará a la mayor comprensión de los sucesos culturales (quién dice qué y cómo lo dice, por qué lo dice, cómo funciona dentro del contexto, su relevancia o la falta de ésta) y a nuestra participación dentro de ellos.

De todo lo anterior, podemos concluir que la enseñanza de la comunicación oral y escrita es un factor determinante para la comprensión de los hechos del mundo y nuestra participación dentro de ellos. No sólo nos provee de herramientas para el análisis discursivo, sino que nos hace conscientes de que cada palabra, como las piezas de un rompecabezas, posee una función específica, en la que un ligero matiz puede hacer la diferencia. Por otra parte, el área académica en todos los niveles requiere de la profesionalización del lenguaje para que el conocimiento generado pueda llegar sin problemas o distorsiones a sus destinatarios. Empero, esta instrucción no se limita a las áreas del conocimiento formal, sino que además impacta a estudiantes, profesionistas, artistas y población en general para analizar y apropiarse de los diferentes discursos que permean la realidad. Gracias a esto, los discursos que generemos contribuirán al gran discurso colectivo que busca ser coherente, cohesivo, crítico y significativo, y que combatirá la ignorancia surgida en una era en la que pulula la información distorsionada, efímera y manipulada.

Sobre el futuro

Últimamente pienso mucho en el futuro. Camino por las calles, reviso el celular, tomó algún libro y leo. Todo me remite al futuro. Y es que el destino es más bien nebuloso para la gente de mi generación. Estamos enfrascados en un mundito inmediato donde todo debe ser indignación y felicidad momentáneas. Hoy nos indignamos porque nos dan alimentos manipulados. Mañana porque la producción orgánica de lo que sea no alcanza a satisfacer las necesidades mundiales. Hoy, porque la mitad de la población sufre hambre. Mañana, porque no me han pagado a tiempo y no traigo para comprarme una hamburguesa orgánica. Y la felicidad… Si no soy feliz es porque quiero. Porque vivo con los mandatos del capitalismo o el patriarcado, porque festejo mal la festividad del mes, porque no persigo mis sueños, porque no me libero de mis cadenas, porque no vivo el momento.

Pero entonces me siento a escribir (a corregir algún texto, a leer algún artículo, a ver el capítulo de la serie que he postergado por más de un mes) y no puedo dejar de pensar en el futuro. Hace un par de años lo único que me preocupaba era el pasado. Luego, fue el presente y las razones por las cuáles no estaba viviendo como, creía, debía vivir. Ahora que hago lo que quiero, descubro que la felicidad (ésa que goza de una apabullante propaganda en las redes sociales) no está ahí. Quizá no existe. Quizá ya la alcancé y, como el cerdo capitalista que soy, quiero más. La cosa es, pues, que lejos de lo que Facebook dicta, yo pienso constantemente en el futuro. Sobre la persona que quiero ser. Sobre las cosas que quiero lograr. Sobre todo aquello que quiero compartir.

Y el problema no es tanto la incertidumbre. A lo largo de los últimos años he aprendido que no hay nada seguro. Que el trabajo, el dinero, la salud, los planes, la pareja… todo ello puede cambiar o desaparecer de un día a otro y, mientras más apegados estamos a ellos, más tardamos en reconfigurarnos y aceptar la nueva realidad. Hay gente que nunca lo logra. Empero, el problema real, creo, es el contexto.

El contexto nos limita o nos da las herramientas necesarias para lograr ciertas cosas. Sí, mucho depende de uno mismo, de sus traumas, de sus aciertos o errores al momento de emprender algo; pero aquél que diga que el éxito depende de uno y sólo de uno, peca de ciego optimismo. Y, hay que admitirlo, mi contexto, como el de otros connacionales, tiene más en contra que a favor. Una clase política detestable, holgazana y miope, y una idiosincrasia individualista, pesimista y hasta cuachalota, dificultan las cosas.

¿Qué será de mí en los próximos años? No lo sé. Supongo que sólo queda seguir trabajando, quitarse las malas costumbres, plantearse objetivos flexibles y estar atento a las oportunidades. Eso y, como he descubierto en los últimos años, rodearse de gente que cree en su trabajo. Personas a las que les mueve su talento, que piensa diferente, que ha sacrificado una jugosa paga quincenal en una institución donde se erigen castillos de papel (un papel bastante feo, por cierto) en aras de construir opciones culturales, económicas o sociales para ellos y los demás. A ellos -a ustedes-, gracias.

 

Seguiremos informando.