Sideways o por qué todos somos vino (fragmento)*

Cuando hablamos de películas que giran alrededor de la experiencia del vino, es casi imposible no remitirse a Sideways o, como se tradujo en México, Entre copas. Esta comedia con tintes de drama (¿o es al revés?) de 2004, escrita por Jim Taylor y Alexander Payne, quien también la dirigió, es una adaptación de la novela homónima de Rex Pickett en la que Miles Raymond (Paul Giamatti), un frustrado escritor aún en depresión por su –no tan– reciente divorcio, y Jack Cole, un actor venido a menos, deciden hacer un viaje de una semana en un pueblo vinícola de California: ahí comerían, jugarían golf y, por supuesto, catarían muchos vinos. Todo como un festejo entre amigos para despedir la soltería de Jack.

Jack conoce a Stephanie, y Miles se encuentra con Maya, una camarera quien muestra interés en él y sabe mucho de vinos. Así, al finalizar su cita doble, mientras sus amigos se deleitan en arrumacos, Miles y Maya tienen una conversación apasionada sobre los vinos. Ella le pregunta “¿Por qué te gusta tanto el pinot? Es como una obsesión”. Miles se sorprende ante el cuestionamiento. Es como si nunca alguien le hubiera preguntado algo tan personal. Con una sonrisa, habla de sus razones: es una uva delicada. Requiere de trabajo y dedicación. No es una sobreviviente como otras uvas que se dan bajo casi cualquier condición. Ésta requiere de atención, tanto para cultivarla, para sacarle el sabor y, por supuesto, para disfrutarla. Pero, ¡vamos!, todos sabemos que no está hablando del vino. Está hablando de él, de ella, de la vida, de su obra, del amor.

Entonces, ya entrada la hora de las confesiones, es su turno de Maya de contestar, “¿Por qué te metiste al mundo del vino?”. Su respuesta es maravillosa: “Me gusta pensar sobre la vida del vino”. Como ella, pensemos nosotros en en ello ahora al ver el vino que tenemos a un lado: cómo fue el año en que fue cultivado o el sol que cayó sobre las uvas en ese tiempo; la gente que lo cultivó; cómo ha evolucionado; el sabor con el que nos deleita el día de hoy que hemos decidido abrir la botella, el cual sería diferente si la hubiésemos abierto mañana o la semana pasada o cualquier otro día. Porque una botella de vino está viva.

Sideways es una película que nos muestra un paralelismo entre la vida del vino y la de los humanos. El vino, como nosotros, está lleno de historias, de gente, de circunstancias. Es imposible vivir completamente aislado. Por ello, los personajes necesitan los unos de los otros: para sacar lo mejor o lo peor de ellos, para vivir y compartir sus experiencias, para conocer gente nueva, para conocernos mejor.

*Para leer el artículo completo, lee la publicación original en Elithic Magazine.

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Raymond Carver y la catedral de lo cotidiano

He tardado en llegar hasta Raymond Carver, no tanto por negligencia sino por desconocimiento. Hace un par de años un buen amigo me habló de él y meses atrás, gracias al Birdman de Iñárritu, volví a escuchar su nombre. Así, tras una larga lista de nombres y títulos que estaban en la fila, por fin llegué a –según dicen los expertos– uno de los libros clave de Carver: Catedral.

Tomé este libro casi por azar, motivado por esta fascinación por la literatura norteamericana que, de un tiempo para acá, autores como Hemingway, Salinger o Ellis han despertado en mí. Y he de admitir que no sabía qué esperar.

Raymond Carver

Ahora bien, mucho se ha dicho ya de Carver y su obra: el realismo sucio, los
problemas con el alcohol, su importancia en la narrativa occidental moderna –al grado de que el mismo Bolaño dijera que él, junto con Chéjov, eran los más grandes cuentistas del siglo XX–, las bondades de su prosa sobria y la influencia de su editor Gordon Lish en la escritura y reescritura de sus cuentos, al punto de reescribir párrafos enteros y algunos finales en diversos volúmenes.

Comenzaré diciendo que, aunque uno no sepa nada del libro o el autor que se está a punto de leer, siempre se tienen algunas expectativas, ya sea por el nombre, las referencias o la imagen en la portada. Y aunque uno no sepa muy bien qué esperar de un autor al que se lo han vendido como el gran cuentista, sí sabe qué es lo que no esperaba.

Y eso es lo que pasó cuando inicié con Plumas, el primero de los doce cuentos que integran Catedral. Al cerrar con “Me puso la mano en la pierna. Así fuimos a casa desde el hogar de mi amigo.” dejé el libro en mi regazo y mastiqué el contenido por un rato. ¿Qué había pasado ahí? ¿Cuál era el papel de aquella pareja y su espantoso pavo real y su aun más feo infante? Era obvio que los protagonistas se habían sentido tan incómodos como yo durante su visita, pero ¿qué había pasado?

Continué con la Casa de Chef, historia que cuenta la vida de dos alcohólicos en recuperación, y luego con Conservación, sobre una pareja que sufre el desempleo del esposo quien ahora pasa la mayor parte del tiempo en su sofá. Esta sensación  de vacuidad seguía presente: aunque el tratamiento y los recursos cambiaban, la sensación de lo faltante, de lo incompleto, aún estaba ahí.

Luego llegué a Parece una tontería, relato que narra la pena de una familia cuyo hijo tiene un accidente y cae en coma antes de su cumpleaños. Este cuento  –con el cual ganó el premio O. Henry en 1983– es, me parece, un tanto más convencional en tanto que se apega al canon, pues su historia, sus actores y la acción se va entretejiendo ante nuestros ojos.

De ahí en adelante, las piezas del rompecabezas se fueron armando, formando el panorama completo. Destaco otro dos cuentos: Desde donde llamo y, por supuesto, Catedral. Ambos muestran, dentro de un mismo estilo, dos visiones opuestas: una decadente, casi fatalista en su pesimismo, y la otra esperanzadora. En el primero, el personaje principal es un alcohólico que ve su vida y la de la gente en la casa de Frank Martin consumirse por el alcohol. Pero es más que eso. Es la reflexión de un hombre que ha perdido las esperanzas y que está resignado a ser quien es sin que haya siquiera una razón para ello: “¿quién sabe por qué hacemos lo que hacemos?”. Por ello escucha la historia de J.P. con atención (aunque, como él dice, aquel podría haber estado hablando de cualquier otra cosa, y hubiera estado igual de atento). En su historia, como en la de la mayoría de los personajes de los cuentos, la suerte está echada y todos van como arrojados al mundo, como diría Heidegger.

Catedral. Editorial Anagrama.

Catedral. Editorial Anagrama.

Por otra parte, Catedral da un giro a esta perspectiva. La esposa de Robert invita a un amigo ciego a pasar una temporada con ellos para sobrellevar la reciente pérdida de su mujer, pero él no está muy contento con este hecho. Conforme se acerca la hora de llegada de su invitado (incluso durante las primeras horas de su estancia) lo único en que puede pensar es en lo terrible de su condición: “En el cine, los ciegos se mueven muy despacio y no sonríen jamás. A veces van guiados por perros” o “Y luego me sorprendí pensando qué vida tan lamentable debió llevar ella. Figúrense una mujer que jamás ha podido verse a través de los ojos del hombre que ama” o “Recordé haber leído en algún sitio que los ciegos no fuman porque … no pueden ver el humo que exhalan”. En todo momento Robert piensa en la ceguera de su invitado y en lo terrible que ésta debe ser, pero, como pronto descubre, él mismo es un ciego en diversos aspectos, de tal suerte que no puede siquiera explicar la forma concreta de una construcción específica. La vista, superficial en tantas ocasiones, desalienta el análisis de la realidad.

Catedral es uno de esos textos en los que uno tiene que dejarse llevar: no espera que gustemos de él, sino que escuchemos lo que tiene que decir. Catedral, pues, nos muestra doce historias con personajes tan corrientes y vulgares que difícilmente volteamos a ver en nuestra cotidianidad. Pero Carver no los explica, sino que nos guía de la mano para que pasemos ojos y mente por sus contornos e intuyamos la esencia de una humanidad sumida en la rutina, los vicios, el hartazgo, el dolor, el desapego y las falsas válvulas de escape.