Sobre las bibliotecas personales

Me considero un chismoso, un fisgón cuasiprofesional. No tengo empacho en admitirlo. Porque, en mi defensa, todos lo somos. Ya sea porque queremos saber qué le pasó a la mamá de Luis Miguel o cómo fue la ruptura amorosa de nuestros mejores amigos, en mayor o menor medida, a todos nos gusta meter las narices en la vida de los otros.

Una de las cosas en las que más disfruto fisgonear, son las bibliotecas personales. Y es que los libros empotrados en los grandes libreros, en las repisas de la sala, en los muebles de baño, dicen más de lo que podemos articular. Más de lo que recordamos de nosotros mismos. En algunos casos, más de lo que queremos admitir. Los pocos o muchos tomos que se encuentran en las casas de nuestros amigos, nuestros familiares, nuestros colaboradores o nuestros prospectos amorosos, susurran historias, intereses, obsesiones…

Las bibliotecas personales son un rompecabezas de colores, títulos y temas. Uno puede ir construyendo la historia de vida de cualquiera al repasar sus libreros, estantes y anaqueles con libros. O al menos, formarse un par de hipótesis a partir de pequeños detalles: la manera en que están ordenados —por autor, por tema, por editorial, por color— o el lugar de la casa en los que están dispuestos —el estudio, la sala, la recámara, la cocina o el baño. Los subrayados, las frases y episodios que los han impactado, que los han ido formando. Los temas que predominan: lo que saben, lo que quieren saber, lo que les obsesiona. Los libros de juventud que han sido tan significativos como para no tirarlos o cambiarlos por ediciones más nuevas, más lustrosas. Las traducciones costosas, los libros de exportación, las pastas duras, los libros ilustrados: todos aquellos ejemplares que consideran un lujo necesario. Los que contienen una firma en la primera página acompañada por la dedicatoria ya de algún familiar o amigo que pensó que ese libro les iba a servir en la vida o porque al ver el título o el autor pensó en ellos; ya porque conocen al autor y éste les obsequió su trabajo como muestra de amistad o agradecimiento; ya porque pasaron cinco —o diez o treinta— minutos formados en la fila de alguna feria del libro esperando a que el escritor que admiran supiera cuán importante ha sido su obra para ellos. Los que aún conservan su forro de plástico porque, por azar, flojera, obligación o destino, han sido relegados al final de la lista de lecturas. Los que se repiten una, dos y hasta tres veces. Los de próxima lectura. Los de reciente adquisición. Los que se caen de viejos.

Si la biblioteca es grande, uno puede pasar horas revisando los títulos e imaginando el trayecto que los llevó hasta el espacio particular que actualmente ocupan. Incluso si la persona no es muy afecta a la lectura, si posee uno o dos libros rondando por el departamento, ya estos configuran una historia personal. Basta preguntarse si lo han comprado o se lo han regalado, por qué ha escogido ese título o autor en particular, cuántas veces lo ha leído, por qué le es tan significativo como conservarlo.

Al final, aquello que hace que a uno se le revuelque la fibra que comunica al cerebro con la tripa, es el acto de comparar la biblioteca ajena con la propia. Cuando encontramos títulos que nosotros también poseemos, tenemos la sensación de compartir un secreto, una historia, frases o versos que, de alguna manera, nos unen. Pero cuando la biblioteca consta de especímenes raros o demasiado ajenos a nosotros, es como si echáramos luz sobre un aspecto oculto —al menos para nosotros— de la otra persona. Me gusta pensar que son esos libros precisamente los que pueden llevarnos a un mayor conocimiento de aquél a quien creíamos ya conocer y, por qué no, de nosotros mismos con respecto del otro.

Hoy regreso a casa después de un largo viaje en el que he adquirido un par de libros nuevos. Lo primero que hice al desempacar, fue colocarlos en el librero correspondiente. Los miro de lejos pensando en cuándo tendré oportunidad de leerlos. Al contemplarlos, puedo evitar preguntarme qué dirá de mí este conjunto de estantes y repisas a aquellos que no me conocen del todo, o a aquellos con los que comparto mis días. ¿Qué descubrirán sobre mí —algo que acaso ni yo mismo sospecho— al leer el modesto relato que cuentan los títulos de mi biblioteca personal?

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AMLO o el beneficio de la duda

Cuando López Obrador perdió las elecciones de 2006 frente a Felipe Calderón, muchos sentimos confusión e impotencia, sobre todo el mismo Andrés Manuel, quien organizó varias protestas y se declaró como presidente legítimo de la nación, un acto que muchos presenciamos con, al menos, incomodidad. Seis años después, con una diferencia aún más clara, Enrique Peña Nieto se impondría para ocupar la silla presidencial. Creo que lloré cuando salió el conteo preliminar: ¿en verdad las marchas, los movimientos sociales, las investigaciones, las sospechas y las evidencias no habían disuadido al electorado de votar por aquel monstruo que creíamos haber enterrado? ¿De verdad éramos tan obtusos como para volver a abrirle las puertas, o se trataba de otra cosa? Para mí —para muchos— eso fue volver al pasado. Pero fue peor.

Después de 18 años de intentarlo, Andrés Manuel López Obrador gana la presidencia del país con una aplastante victoria. Para ello, tuvo que imponerse a tres candidatos —casi cuatro—, con los que compitió en una campaña con spots que a veces daban esperanza y que otras tantas, la mayoría, desconfianza y pena ajena. Nos dimos cuenta de que los debates —al menos en su formato actual, con los candidatos actuales— no pueden tomarse en serio: respuestas elusivas, ataques personales, y evidencias en una cartulina o una hoja membretada que apenas si podemos ver: tal como lo hace el estafador profesional que lleva años pidiéndonos dinero para medicinas, diciendo “aquí está la receta médica”, sabiendo que nunca vamos a revisar el papel amarillento.

En ese transcurso, pues, AMLO se dedicó a decir lo que tenía que decir y a no meterse en demasiados problemas. A veces. ¿Cómo no recordar el gesto de guardar la cartera o el ingeniosísimo «Ricky Riquín Canayín» que en nada aportaron sino a acrecentar la caricatura del candidato? ¿Y qué decir de sus alianzas? A lo largo del año AMLO reclutó a ex miembros de otros partidos, incómodos la mayoría, y se alió con dos partidos antípodas: está la izquierda del PT y la derecha recalcitrante del PES. Definitivamente, AMLO —la imagen de AMLO— ya no es la misma que hace 18 años.

Con todo eso, el triunfo de anoche de Andrés Manuel ha sido celebrado por la mayoría —cosa que, por lo menos a mí, no me había tocado presenciar desde que he tenido el derecho del voto—. Hay esperanza. Sí. Pero hay también hay —y debe haber— escepticismo y hasta miedo. Porque, es cierto, el sistema sigue ahí: siguen los partidos, siguen los procesos, siguen las instituciones. Nunca hubo un candidato ideal, es cierto. Es cierto, también, que el voto razonado termina siendo una idea: sabemos que las promesas siempre son muchas y que llegando a la silla grande todo puede cambiar. El voto, pues, sí es razón, pero sobre todo es tripa. Y en esta elección la mayoría sabía, con razón y con mucha tripa, que mantener los privilegios y la corrupción y la impunidad y la violencia y las desapariciones y esta sensación de no estar seguro en la casa propia ya no eran opción. Creo que lo dijo Emiliano Monge en un artículo—o quizá fue Antonio Ortuño sobre ese mismo artículo— hace unos días: PRI y PAN ofrecen la certidumbre de que el sistema —ese sistema— se perpetuará. En cambio, AMLO con todo lo que es, con todo lo que arrastra, es incertidumbre con esperanza.

Me veo tentado a sumarme a los piensos de mi buen amigo Rafael Villegas: AMLO decepcionará tanto a mesiánicos como a apocalípticos. Ni seremos Suecia al final del sexenio pero tampoco terminaremos en un escenario postapocalíptico, donde hay que pelear por el alimento y huir de nuestros familiares que se han convertido en devoradores de cerebros. En el equipo de AMLO hay gente indeseable pero, por otra parte, la propuesta de gabinete pinta prometedora. Quizá merece el beneficio de la duda. Quizá aquellos que pensaban irse del país si se daba este resultado deban reconsiderarlo, porque aguantaron bien con los Duarte y los cárteles y las reformas fallidas y los más de 230 mil muertos y tal vez ahora las cosas sean un poquito diferentes —con nuevos retos, sí, pero diferentes. Pero lo que definitivamente debemos hacer —convencidos, escépticos y detractores— es continuar con la tendencia reflejada en el ejercicio democrático de ayer: 70% del padrón fue a su casilla para emitir su voto. A 70% de la población no le es indiferente lo que sucede en el país. Hay que mantenerse crítico: sumarse a las acciones que funcionen y oponerse a las que sean inviables. El cambio no solo está en uno: también está en las instituciones que elegimos. Debe haber sinergía y parece que poco a poco lo vamos entendiendo.

 

Sonrisas y veladoras

«En este debate se puede ver qué clase de políticos somos» dijo —palabras más, palabras menos— el candidato José Antonio Meade en el primer debate presidencial del pasado domingo. Y tenía razón, aunque no de la forma en que él lo planteaba. Durante dos horas cuatro candidatos, en cada intervención, se dedicaron a atacar las propuestas y la trayectoria del puntero en las encuestas. Una estrategia de colaboración que no deja de ser sospechosa.  Por otra parte, el atacado permaneció impasible ante las estocadas: no se sobresaltó pero tampoco contrarrestó con evidencias y argumentos a aquellas acusaciones que se veían venir desde inicios de campaña. Que no haya aprovechado el reflector resulta igual de sospechoso y, además, decepcionante. Lejos, entonces, de presentar un debate con ideas, argumentos y propuestas, lo que los candidatos montaron fue un espectáculo para complacer a sus simpatizantes y, por supuesto, a la gente de la internet. Como siempre.

Y ellos lo saben. Porque, si bien el asuntó comenzó con el protocolo y la seriedad esperada, en pocos minutos aquello se convirtió en otra cosa: un sitcom de frases mordaces, chistes baratos, acusaciones escandalosas y declaraciones fuera de lugar que importunaban a los moderadores y parecían complacer a los candidatos: en más de una toma abierta, los cinco sonreían, como quien ha dicho/escuchado un chiste colorado en una reunión con los colegas del trabajo. «¿De qué tamaño fue tu rebanada de pastel?» y «Hay que mocharle la mano al que robe» son frases que nos perseguirán por varias semanas. El asunto terminó, como siempre, con la pregunta «¿Quién ganó el debate?» cuya respuesta, como siempre, no llega de manera fácil. ¿Cómo se puede ganar algo que no se ha desarrollado conforme las reglas del juego?

Veinticuatro horas después, cuando aún comentamos el fiasco que fue el debate, la Fiscalía de Jalisco informó, a través de un video, que tenían indicios de que los tres estudiantes de cine desaparecidos el pasado 19 de marzo fueron asesinados y disueltos en bidones con ácido por los miembros del cártel local. La razón: estar en el lugar y la hora equivocados. De acuerdo a lo declarado, los chicos hacían una tarea escolar cerca de una casa vigilada por el cártel. Eso bastó para que los capturaran, golpearan y asesinaran.

Las de arriba son imágenes que pertenecen a un doble país: el de los candidatos que sonríen porque saben —o quieren creer— que han dado un golpe contundente, que esto los impulsará en las encuestas y los catapultará al festejo del primero de julio, la noche en que saldrán a saludar a sus simpatizantes y a decir «Ahora comienza el cambio», y el de los estudiantes que se suman a los miles de casos de desapariciones, secuestros y homicidios de un estado que, por recato, ceguera o cinismo, ha tardado en declararse fallido. Un estado en el que el miedo, la tristeza y la frustración atraviesan un tejido que se presume infranqueable: uno que comienza por las víctimas pero que se expande por sus familias, sus amigos, sus conocidos y, al final, cualquier persona que se asome a la calle.

Y en medio de todo esto, estamos nosotros: los que vamos a trabajar todos los días, los que vamos a la escuela, a visitar a nuestros padres y nuestros amigos, los que después de una jornada pesada queremos ir al cine, a cenar, a tomarnos un trago. Los que, ahora, pensamos en que este país se ha vuelto tan aleatoriamente peligroso que esos chicos asesinados podríamos ser nosotros, nuestros hijos, nuestros hermanos, nuestros padres, nuestros compañeros de trabajo… Los que debemos voltear hacia atrás, a los lados y luego al piso para evitar mirar a la gente a los ojos. Los que tenemos que vestir de manera sobria para no despertar apetitos sexuales ni económicos ni bestiales de ninguna índole a cualquier animal que podamos encontrarnos, ya sea a altas horas de la noche, ya sea a plena luz del día, en barrios lejanos o en la esquina de nuestros hogares. Nosotros: los que, además, tenemos la obligación cívica de ir a votar en un par de meses por el candidato menos despreciable, con la vaga esperanza de que, ahora sí, las cosas se enderecen aunque sea un poquito: que la pobreza y los atracos y las violaciones y los bidones con ácido y los momentos y lugares equivocados se alejen de nosotros: vuelvan a ser ficción, noticias lejanas y esporádicas: la excepcional nota roja y no la constante primera plana. Hay que apretarse el nudo en la garganta y cumplir con ese deber moral de salir a las urnas para escoger a uno de estos candidatos que le hablan de tú a la cámara, que le dicen «Voy a trabajar para que a ti ya no te pase nada» porque, claro, les es difícil hablar de un «nosotros»: ¿cómo podrían relacionarse con los que estamos de este lado de la historia, con este lado del presupuesto? Votar, pues, por uno de esos cinco que en pantalla sonríen como adolescentes que se arrojan bolitas de papel mientras la institutriz les da la espalda. Esos cinco que se plantan firmes tras sus podios, acicalados y socarrones, con una sonrisa de brillo patético como el de las veladoras que se consumen, entre una multitud dolida y una desganada valla policial, por aquellos que nos fueron arrebatados.

Esta nación, con valores y principios

En toda cultura hay una narrativa que la dirige y la condiciona. En nuestro caso particular, me parece, predominan dos: una, la del mexicano chingón, que todo lo puede, que es ingenioso, amistoso y familiar, que gana en todos los chistes; la otra, la de los políticos corruptos y las instituciones prostituidas, la del todos son iguales. Y es curioso cómo ambas se encuentran en pugna.

Es difícil creer en un país con un «presente dinámico y un brillante futuro», en esa nación «soberana, con valores y con principios» de la que el señor Presidente habló hace un par de días en un comunicado hacia su homólogo de Estados Unidos. Un discurso perfectamente estructurado, pero con el cual es difícil relacionarse. Es difícil especialmente si uno abre el periódico o enciende el televisor para ver el noticiero o se conecta a las redes sociales. A cualquier hora, cualquier día de la semana.

Que la nota roja haya pasado a los titulares o que tenga más tiempo que la sección de deportes —que ya es mucho decir— es tristísimo. Pero que la noticia de la semana sean los fraudes millonarios de los partidos, la negligencia de nuestras autoridades, la impunidad o la recompensa para aquellos candidatos que aparecerán en la boleta de elecciones a base de firmas falsas o compradas, es desesperanzador.

No sólo hay que lidiar con nuestros pares (que, gracias a los beneficios que otorga un arma, se sitúan momentáneamente en un terreno más alto, más oscuro), sino que además, esa esfera de poder infranqueable en la que se han convertido las instituciones públicas parece, ya no ignorarnos en sus decisiones, sino además restregarnos en la cara lo irrisorio, absurdo y ventajosos de éstas. Como el bully de la cuadra o el profesor frustrado que dice con sorna «aquí soy yo el profesor y hago las reglas, ¿qué vas a hacer al respecto?».

En una reciente entrevista, el escritor Juan Villoro aseguró que lo que necesitamos es una reforma política. Y es cierto. El problema es que no vemos claro ni cuál podría ser, ni quién podría instaurarla ni, mucho menos, los procesos legales y constitucionales para hacerla efectiva sin que un Congreso partidista vote en su contra o dos días después, como ha sucedido tantas veces, el asunto se eche para atrás o se evada por un tecnicismo, en beneficio de un sistema particular.

Estamos cansados. Enojados. Saturados. Y esto apenas comienza. En un par de meses volveremos a pasar por ese Via crucis de cada seis años: ir a la casilla a votar con resignación por, de acuerdo al consenso, el menos peor. O de plano no hacerlo. Las narrativas del mexicano nos hacen cortocircuito en la cabeza y nos arrastran o a la indiferencia política o al ciego alegato ya por un mesianismo desbordado, ya por una serie de proyecciones exageradas y sin fundamento. Y esto, muy a pesar nuestro, solo perpetua esa otra narrativa: la de la voz oficial que dice, ante el mundo, «Hay algo que a todos, absolutamente a todos los mexicanos nos une y nos convoca: la certeza de que nada ni nadie está por encima de la dignidad de México», aunque al resto nos duelan las manos de tanto ser pisoteadas.

Esto no es una competencia (al menos, no una que queramos ganar)

Sí. Tienes toda la razón:

Tengo la fortuna de pertenecer a una familia a la que nunca le faltó un sueño tranquilo. Mis padres son buenas personas: ambos vivos, ambos trabajadores, ambos amorosos. No recuerdo haberlos visto pelear nunca. Nunca se gritaron. Mi padre jamás golpeó a mi madre, ni a mi hermana, ni a mí, ni al perro. Bastaba con decirnos que estaba muy decepcionado de nosotros para desatar nuestras lágrimas y nuestro arrepentimiento. Fui a la escuela. Todas las tardes me ayudaron con mi tarea; salvo, quizá, aquellas en las que había mucho quehacer en casa, o los padres morían de cansancio, o era la cuarta o quinta vez que repetíamos la lección y yo ya no tenía remedio. Jamás tuve la necesidad de trabajar de chico: lo hacía por el mero gusto, porque, además, mis viejos querían que aprendiera algo sobre la responsabilidad. Nunca tuve que robar: cuando lo hice, era un chiquillo idiota con aspiraciones idiotas; consecuentemente, aprendí mi lección. Estudié una carrera. Una no muy lucrativa, para pesar de mis padres. Tuve vacaciones en la playa. Salidas a restaurantes. Pijamadas con amigos. Estudié una maestría, gracias a una beca, en una universidad privada. Vivo en un apartamento bastante decente. Puedo darme el lujo de no trabajar un par de días aunque eso implique pasar las siguientes 72 horas pegado a la computadora. Como bien y bebo bien.

Tienes toda la razón. Hay quienes en verdad la pasa mal: quienes viven con hambre, quienes trabajan 16 horas diarias para apenas mantener unida a una familia bajo el techo de un cajón con etiqueta de casa hecha en serie. Quienes viven en constante amenaza de muerte. Quienes se despiertan a media noche con el ruido de una explosión o el recuerdo de sus hermanos decapitados. Sí: yo, hasta ahora, he tenido una buena vida. Yo no tengo de que quejarme. Yo. Pero quizá esto no es enteramente cierto.

Porque si bien solo he pasado por un par de asaltos en la vida en los que perdí un teléfono celular y un reloj marca Duracell —¿cuántos asaltos debe sufrir uno para que la cifra sea significativa?—, la sensación de miedo e impotencia fue la misma cuando supe que mi padre casi tuvo una crisis nerviosa después de recibir una llamada anónima de alguien que pedía una cifra millonaria a cambio de no descuartizar a mi hermana —como con la abuela de Ana, como con la tía de Paulina. Lo mismo me pasó cuando asaltaron a Annette en Chapultepec, o cuando levantaron a la hermana de Elena, o cuando le dispararon al cuñado de Pedro, que ahora está en coma. ¿Acaso a ti no se te revolvió el estómago cuando te enteraste de los 43 desaparecidos —¿en dónde? ¿por qué? ¿por quién?—; de los reporteros asesinados en el ejercicio de su profesión; de Mara, cuyo error fue confiar en la ética de su conductor? ¿No se te desbordan las vísceras con el suicidio de un joven que, lejos de hacernos reflexionar, incita al odio sólo por sus preferencias sexuales? ¿No piensas, al menos, que los jóvenes que aún no aparecen podrían ser tus primos, tus sobrinos, tus hijos, tú mismo al salir de la escuela o la oficina?

(Pienso en mis padres, cuando decían que antes era seguro salir a jugar a la calle. Pienso en nosotros, cuando era seguro ser estudiante.)

Tienes toda la razón. A diferencia tuya, yo la he tenido fácil en muchos sentidos. Pero eso no me tapa los ojos. No me hace indiferente a que vivas en un país donde el dinero y la buena vida se concentran en un mínimo porcentaje de la población. Donde no sabes si mañana ya no verás a tu madre. Pero esta no es una competencia. Al menos, no una que ninguno de nosotros deba ganar.

Qué horrible es vivir en esta ciudad, en este país…

Qué horrible es vivir en esta ciudad, en este país.

Me gusta la idea de esta ciudad. La gente que anda en bicicleta los domingos por la mañana. Los cachorros que pasean, sonrisa amplia y lengua de fuera, junto a sus amos. Las visitas inesperadas. Las llamadas pactadas. Los encuentros en el bar, en la librería, en el restaurante. A la vuelta de la esquina. Las comidas con los padres. Las reuniones familiares. Las canciones de los mercados, de las plazas, de los compañeros de trabajo.

Pero eso ya no es. O es menos de lo que debería. Es la excepción de una regla de calor vulcanizado, del estruendo de los cláxones, de la gran mancha insoportable que es el tráfico desde que amanece hasta que hacemos como que dormimos. Del trabajo de catorce horas diarias para contar los granos de frijol sobre la mesa. De tener que elegir entre comprar un buen libro o la comida de tres días. De vivir en la periferia —física y emocional— porque tres años —o cinco o nueve o todos— de posgrado no aseguraron una de esas rentas bestiales cerca de nuestra familia, de nuestros amigos, de nuestros amores. Menos, un departamento de lujo en esos conjuntos habitacionales con piscina y gimnasio incluidos. De proyectos ambiciosos que fracasan. De emprendedores que tienen que regresar por la puerta del perro a pedir su empleo de regreso. De capos, gatilleros, mulas, dealers de poca monta, amedrentadores, machines y buscones que se ganan la vida a golpes, a balazos, a injurias, a amenazas porque ese es el estilo de nuestro país, porque el que no tranza no avanza, porque hay que tener ese teléfono, ese auto, esa chamarra, porque ya están cansados de ser pisoteados, porque es pegar o que te peguen, que te azoten, que te muerda el hambre, que te pisotee esa brecha absolutamente aleatoria, injusta e infranqueable que es nacer en el lugar y tiempo equivocados. De la clase sin clase que se disputa el dominio de un país del que viven resguardados, que se ataca con las mismas cartas, las mismas dagas, los mismos movimientos; que ofrece el mismo diálogo una y otra vez: como en ese programa sin gracia que la gran televisora repite desde hace medio siglo: los mismos chistes, la misma ropa, los mismos personajes que no crecen, que no aprenden, que no mueren. La misma perra pobreza. El mismo ahora sí acabaremos con la impunidad, con la corrupción, con la violencia. Una frase, un like, un compartir: una muletilla que exime de toda culpa y da continuidad a la normalidad hasta que llega la siguiente noticia: otro fraude millonario, otra falta de pruebas, otra exoneración, otro puñado de gente sacrificada como reses, otros desaparecidos, otros implicados, otras mujeres degolladas, destazadas, apuñaladas, asfixiadas, depositadas en un bote como si fueran latas o papel de baño.

Y uno, todavía aquí, pensando que quizá lo mejor sería huir. Pero no se puede. No se debe. No se quiere. En cambio, nos quedamos a seguir escribiendo historias: en los libros, en los diarios, en los labios y las manos de la gente que amamos. Porque es necesario aferrarse. Porque hay que combatir con palabras, con ideas, con lo poco o mucho que tenemos en la cabeza. Porque de alguna manera hay que resistir.

Hay que tener agallas para emprender un viaje

Como con casi todo, tengo una relación complicada con los viajes. Es decir, me encanta viajar, conocer nuevos destinos, regresar a aquellos lugares significativos que, usualmente, Mégico Máxico, parecen no haber sufrido el paso del tiempo. Con lo que tengo problemas, en realidad, es con la travesía.

No sé en qué momento comencé a padecer este malestar. Quizá tiene que ver con uno de los primeros recuerdos que tengo a este respecto: una visita que hacíamos año con año a Durango. Ocho horas, aproximadamente, pasábamos mis padres, mi hermana y yo sobre la carretera. La estrategia era sencilla: salir muy tarde, casi a la media noche, para llegar muy temprano, apenas salía el sol, a que nos recibiera la familia. Pero el viaje en autobús, como puede suponerse, era incómodo. Imagino que lo era aun más para mis padres: estar al pendiente, cuidar a los niños, brindarles las cobijas y parte del mismo incómodo asiento para que puedan dormir lo más cómodos posible. El problema fue una ocasión en que unos desconocidos, a medio camino, se subieron al camión y asaltaron a los pasajeros. Desconozco los detalles. Recuerdo, entre imágenes borrosas y adormiladas, un par de siluetas andando de un lado a otro por el pasillo, a mi padre levantándose de su asiento, susurrando algo, a mi madre tapándome y diciéndome “vuélvete a dormir”. Luego, años después, me enteraría más o menos bien de los sucesos. Mis padres me contaron que los pasajeros decidieron mantener la calma. Que mi padre alcanzó a esconder su cartera. Que el conductor estaba nervioso y tuvieron que calmarlo. Que uno de los pasajeros perdió todo y, entre los demás, donaron lo suficiente para que pudiese regresar a Guadalajara: ya no tenía nada que hacer allá. Hace un par de días, después de mucho de no viajar en autobús, me doy cuenta que ya no hacen escalas, revisan las maletas de mano previo abordaje y hasta hay un registro en video de los pasajeros.

Los viajes en avión, por su parte, no me causan menos ansiedad. Primero, como a más de uno, me preocupa que el avión se caiga o aterrice de emergencia en Los Alpes y, después de varios días, me vea en la necesidad de comer pierna de copiloto. Después, que, por azares del destino, como ya pasó alguna vez, el avión se vaya sin mí. Eso, sin contar con que odio los retrasos de vuelos —que pueden hacer que salgas hasta medio día después—, que sobrevendrán los asientos o que me cobren tres mil pesos por 400 gramos más de equipaje.

Y es que el protocolo de seguridad de los aviones, gracias a los eventos de los últimos 17 años, se ha vuelto una prueba de varias etapas: llegar dos o tres horas antes al checkin; contestar una encuesta con preguntas como “¿Pertenece a algún grupo terrorista?” o “¿Planea usted secuestrar el avión?”; evitar empacar bebidas, cremas, gel, lociones o cualquier cosa que pueda, aunque sea remotamente, utilizarse para crear una bomba; antes de abordar, sacarse los zapatos, el cinturón, las llaves, el teléfono, las monedas; extraer de la mochila computadoras o tabletas o cualquier equipo electrónico…

En una ocasión viajaba solo a visitar a mi familia en Phoenix. Tendría unos 19 o 20 años. De ida, que recuerde, no hubo mayor complicación. En el vuelo de regreso, sin embargo, mientras esperaba en la sala correspondiente, una mujer en traje sastre nos abordó a mí y a otro sujeto que estaba a algunas butacas de distancia. “Disculpen, ¿ustedes viajan solos?”, preguntó de manera muy cortés, a lo cual ambos respondimos que sí. “Muy bien”, siguió con una gran y amistosa sonrisa, “por favor, acompáñenme”. En ese momento pensé que se cumpliría una de las fantasías de los viajeros: cuando llegáramos a su escritorio nos diría que un par de personas habían cancelado su boleto de primera clase y había dos espacios para nosotros. Pero la realidad fue diferente. En lugar de esa agradable noticia, la sorpresa consistía en una revisión personal y exhaustiva —aunque, por fortuna, no demasiado exhaustiva.

La planeación y la espera antes de abordar pueden ser tediosas, pero es sólo el inicio: uno nunca sabe qué sorpresas nos tendrán el camino o los pasajeros o el chofer o todos juntos. Hace unos días, de regreso de Zamora, ya en Guadalajara, el conductor hizo alto total. Después de unos minutos salió de su cabina y preguntó en voz alta: “¿Alguien sabe cómo llegar a la central?”. Nadie contestó: o nadie sabía, de hecho, o pensaron que se trataba de una broma. Finalmente me levanté de mi asiento, vi la calle y le expliqué la ruta. Me agradeció, no sin un dejo de vergüenza, y me pidió que me sentara en el asiento del copiloto hasta llegar a nuestro destino.

Otro caso. Años atrás, en mi primer y hasta ahora último viaje a Europa, en cuanto me subí al avión supe que las siguientes 12 horas iban a ser difíciles. En una fila para tres personas, yo estaba en medio: entre un calvo que pasó el trayecto inconsciente y una señora cubana grandísima, enorme, como de película de Martin Lawrence. Odio que los desconocidos me toquen, pero mi madre me enseñó a ser prudente y educado —aunque no lo logre la mayoría de las veces— y aguanté estoico sus constantes roces, cuando su brazo estaba sobre mi hombre, cuando se recostaba sobre mí y cuando hacía un esfuerzo sobrehumano al ir y venir del baño cada quince minutos. Decidí no prestarle demasiada importancia al asunto y ver una película. Puse los audífonos y elegí, creo, The Hangover 2. Pasaron 15 minutos y sentí un golpeteo en mi hombro derecho. Me quité los audífonos y la cubana me dijo “Oye, ponme eso que estás viendo porque estás muy divertido y yo también me quiero reír”. De nuevo, actué como si mi madre me estuviera viendo, y procedí a ponerle la película a la enorme cubana. Horas después, cuando hicimos la escala en Bogotá, la señora descendió y la cosa, afortunadamente, no pasó a mayores.

Una más. Era 2014 y los ahorros escaseaban. Fui de visita a Ciudad de México porque necesitaba relajarme. La pasé bien. De regreso —siempre de regreso— supe que habría problemas: a un lado mío, una señora regaña a sus hijos mientras intenta sentarlos en sus respectivos sillones. Finalmente, la señora se sienta a mi lado, junto con su hijo más pequeño. El niño llora. Llora. LLORA. Ella le prepara un biberón que parece calmarlo. Es media noche. Yo me cubro con una frazada e intento dormir. Una hora después el llanto del niño vuelve y yo despierto, alarmado. La señora suspira, lo regaña, lo consuela, regaña a alguien más, saca algo de su bolso, le pasa el niño al papá. Un olor agrio comienza a llenarme la nariz y ya no me deja dormir. Cuando hay un poco de luz, me doy cuenta de que sobre mi cobija hay restos de lo que alguna vez fue Nesquik de fresa.

Tal vez la solución sea viajar en auto, como he intentado hacerlo durante los últimos años. El primer viaje memorable —y que algún día contaré por acá— fue el que hicimos hace ya casi una década por seis ciudades del país. O aquellos en que hemos salido de gira editorial. O en el último par de vacaciones. Pero tampoco se está exento de contrariedades: puede ser más costoso, a veces uno está cansado y es riesgoso, puede que el auto falle, que nos encontremos con algún grupo delictivo o que, como me sucedió hace unos meses, se truene una llanta sin razón aparente.

Pienso en tiempos más sencillos. Aquellos en los que no había revisiones exhaustivas ni sobrevendían los asientos. Tiempos, también, en los que no había tanta oferta de vuelos, ni carreteras directas, ni televisiones individuales detrás de cada asiento. Pienso en tiempos incluso más simples, en los que la gente tardaba días o semanas en llegar a su destino. Pienso en ese dicho trillado: “Lo importante es el camino, no el destino”. O en esa sobadísima comparación de que la vida es sólo un momento transitorio, un viaje: uno con políticas de seguridad complejas, choferes que no saben a dónde van y niños que nos vomitan encima. Y está bien. Hay que tener agallas para emprender un viaje. Cualquiera. Hay que tener agallas para subirse a un avión con todo lo que ello implica. Hay que tenerlas para pasar las siguientes seis horas en un autobús más bien incómodo y chutarse las películas de Steven Seagal o su equivalente actual. Hay que tenerlas para levantarse todos los días y seguir avanzando en este tren que es la vida y que quién sabe a dónde o cuándo arribará. Al final, son los viajes los que nos dan grandes anécdotas a nuestro regreso. Porque… de algo tenemos que platicar.