Hay que tener agallas para emprender un viaje

Como con casi todo, tengo una relación complicada con los viajes. Es decir, me encanta viajar, conocer nuevos destinos, regresar a aquellos lugares significativos que, usualmente, Mégico Máxico, parecen no haber sufrido el paso del tiempo. Con lo que tengo problemas, en realidad, es con la travesía.

No sé en qué momento comencé a padecer este malestar. Quizá tiene que ver con uno de los primeros recuerdos que tengo a este respecto: una visita que hacíamos año con año a Durango. Ocho horas, aproximadamente, pasábamos mis padres, mi hermana y yo sobre la carretera. La estrategia era sencilla: salir muy tarde, casi a la media noche, para llegar muy temprano, apenas salía el sol, a que nos recibiera la familia. Pero el viaje en autobús, como puede suponerse, era incómodo. Imagino que lo era aun más para mis padres: estar al pendiente, cuidar a los niños, brindarles las cobijas y parte del mismo incómodo asiento para que puedan dormir lo más cómodos posible. El problema fue una ocasión en que unos desconocidos, a medio camino, se subieron al camión y asaltaron a los pasajeros. Desconozco los detalles. Recuerdo, entre imágenes borrosas y adormiladas, un par de siluetas andando de un lado a otro por el pasillo, a mi padre levantándose de su asiento, susurrando algo, a mi madre tapándome y diciéndome “vuélvete a dormir”. Luego, años después, me enteraría más o menos bien de los sucesos. Mis padres me contaron que los pasajeros decidieron mantener la calma. Que mi padre alcanzó a esconder su cartera. Que el conductor estaba nervioso y tuvieron que calmarlo. Que uno de los pasajeros perdió todo y, entre los demás, donaron lo suficiente para que pudiese regresar a Guadalajara: ya no tenía nada que hacer allá. Hace un par de días, después de mucho de no viajar en autobús, me doy cuenta que ya no hacen escalas, revisan las maletas de mano previo abordaje y hasta hay un registro en video de los pasajeros.

Los viajes en avión, por su parte, no me causan menos ansiedad. Primero, como a más de uno, me preocupa que el avión se caiga o aterrice de emergencia en Los Alpes y, después de varios días, me vea en la necesidad de comer pierna de copiloto. Después, que, por azares del destino, como ya pasó alguna vez, el avión se vaya sin mí. Eso, sin contar con que odio los retrasos de vuelos —que pueden hacer que salgas hasta medio día después—, que sobrevendrán los asientos o que me cobren tres mil pesos por 400 gramos más de equipaje.

Y es que el protocolo de seguridad de los aviones, gracias a los eventos de los últimos 17 años, se ha vuelto una prueba de varias etapas: llegar dos o tres horas antes al checkin; contestar una encuesta con preguntas como “¿Pertenece a algún grupo terrorista?” o “¿Planea usted secuestrar el avión?”; evitar empacar bebidas, cremas, gel, lociones o cualquier cosa que pueda, aunque sea remotamente, utilizarse para crear una bomba; antes de abordar, sacarse los zapatos, el cinturón, las llaves, el teléfono, las monedas; extraer de la mochila computadoras o tabletas o cualquier equipo electrónico…

En una ocasión viajaba solo a visitar a mi familia en Phoenix. Tendría unos 19 o 20 años. De ida, que recuerde, no hubo mayor complicación. En el vuelo de regreso, sin embargo, mientras esperaba en la sala correspondiente, una mujer en traje sastre nos abordó a mí y a otro sujeto que estaba a algunas butacas de distancia. “Disculpen, ¿ustedes viajan solos?”, preguntó de manera muy cortés, a lo cual ambos respondimos que sí. “Muy bien”, siguió con una gran y amistosa sonrisa, “por favor, acompáñenme”. En ese momento pensé que se cumpliría una de las fantasías de los viajeros: cuando llegáramos a su escritorio nos diría que un par de personas habían cancelado su boleto de primera clase y había dos espacios para nosotros. Pero la realidad fue diferente. En lugar de esa agradable noticia, la sorpresa consistía en una revisión personal y exhaustiva —aunque, por fortuna, no demasiado exhaustiva.

La planeación y la espera antes de abordar pueden ser tediosas, pero es sólo el inicio: uno nunca sabe qué sorpresas nos tendrán el camino o los pasajeros o el chofer o todos juntos. Hace unos días, de regreso de Zamora, ya en Guadalajara, el conductor hizo alto total. Después de unos minutos salió de su cabina y preguntó en voz alta: “¿Alguien sabe cómo llegar a la central?”. Nadie contestó: o nadie sabía, de hecho, o pensaron que se trataba de una broma. Finalmente me levanté de mi asiento, vi la calle y le expliqué la ruta. Me agradeció, no sin un dejo de vergüenza, y me pidió que me sentara en el asiento del copiloto hasta llegar a nuestro destino.

Otro caso. Años atrás, en mi primer y hasta ahora último viaje a Europa, en cuanto me subí al avión supe que las siguientes 12 horas iban a ser difíciles. En una fila para tres personas, yo estaba en medio: entre un calvo que pasó el trayecto inconsciente y una señora cubana grandísima, enorme, como de película de Martin Lawrence. Odio que los desconocidos me toquen, pero mi madre me enseñó a ser prudente y educado —aunque no lo logre la mayoría de las veces— y aguanté estoico sus constantes roces, cuando su brazo estaba sobre mi hombre, cuando se recostaba sobre mí y cuando hacía un esfuerzo sobrehumano al ir y venir del baño cada quince minutos. Decidí no prestarle demasiada importancia al asunto y ver una película. Puse los audífonos y elegí, creo, The Hangover 2. Pasaron 15 minutos y sentí un golpeteo en mi hombro derecho. Me quité los audífonos y la cubana me dijo “Oye, ponme eso que estás viendo porque estás muy divertido y yo también me quiero reír”. De nuevo, actué como si mi madre me estuviera viendo, y procedí a ponerle la película a la enorme cubana. Horas después, cuando hicimos la escala en Bogotá, la señora descendió y la cosa, afortunadamente, no pasó a mayores.

Una más. Era 2014 y los ahorros escaseaban. Fui de visita a Ciudad de México porque necesitaba relajarme. La pasé bien. De regreso —siempre de regreso— supe que habría problemas: a un lado mío, una señora regaña a sus hijos mientras intenta sentarlos en sus respectivos sillones. Finalmente, la señora se sienta a mi lado, junto con su hijo más pequeño. El niño llora. Llora. LLORA. Ella le prepara un biberón que parece calmarlo. Es media noche. Yo me cubro con una frazada e intento dormir. Una hora después el llanto del niño vuelve y yo despierto, alarmado. La señora suspira, lo regaña, lo consuela, regaña a alguien más, saca algo de su bolso, le pasa el niño al papá. Un olor agrio comienza a llenarme la nariz y ya no me deja dormir. Cuando hay un poco de luz, me doy cuenta de que sobre mi cobija hay restos de lo que alguna vez fue Nesquik de fresa.

Tal vez la solución sea viajar en auto, como he intentado hacerlo durante los últimos años. El primer viaje memorable —y que algún día contaré por acá— fue el que hicimos hace ya casi una década por seis ciudades del país. O aquellos en que hemos salido de gira editorial. O en el último par de vacaciones. Pero tampoco se está exento de contrariedades: puede ser más costoso, a veces uno está cansado y es riesgoso, puede que el auto falle, que nos encontremos con algún grupo delictivo o que, como me sucedió hace unos meses, se truene una llanta sin razón aparente.

Pienso en tiempos más sencillos. Aquellos en los que no había revisiones exhaustivas ni sobrevendían los asientos. Tiempos, también, en los que no había tanta oferta de vuelos, ni carreteras directas, ni televisiones individuales detrás de cada asiento. Pienso en tiempos incluso más simples, en los que la gente tardaba días o semanas en llegar a su destino. Pienso en ese dicho trillado: “Lo importante es el camino, no el destino”. O en esa sobadísima comparación de que la vida es sólo un momento transitorio, un viaje: uno con políticas de seguridad complejas, choferes que no saben a dónde van y niños que nos vomitan encima. Y está bien. Hay que tener agallas para emprender un viaje. Cualquiera. Hay que tener agallas para subirse a un avión con todo lo que ello implica. Hay que tenerlas para pasar las siguientes seis horas en un autobús más bien incómodo y chutarse las películas de Steven Seagal o su equivalente actual. Hay que tenerlas para levantarse todos los días y seguir avanzando en este tren que es la vida y que quién sabe a dónde o cuándo arribará. Al final, son los viajes los que nos dan grandes anécdotas a nuestro regreso. Porque… de algo tenemos que platicar.

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