Una lista de listas

Es tiempo de las listas de lo mejor del año: las mejores películas, los mejores discos, las mejores series, los mejores memes y, claro está, los mejores libros. Y esto es siempre un ejercicio interesante para mí porque de entre las cosas que nunca he podido hacer bien destaca ésta de subirme a tiempo a cualquier tipo de tren: nunca asisto a los estrenos, las lecturas me llegan con meses —si bien me va— de retraso y cuando creo tener algo que decir, ya el tren se ha movido tres estaciones adelante.

Pero en días como hoy, quizá por ser diciembre, quizá porque tras un año de intenso trabajo la mente cansada hace reflexiones a veces afortunadas, a veces sólo ociosas, uno termina sorprendido ante la cantidad de listados de lo mejor del año. ¿A quién le interesa presumir sus lecturas de los últimos doce meses?Y, sobre todo, ¿a quién le interesa leer esa cantidad increíble de enumeraciones, producto de los tiempos de la libre y exacerbada opinión personal? Hay tantas listas de lo mejor de 2017 que seguramente pronto tendremos el listado de las mejores listas.

Como sea, independientemente de su número ingente, me gustan las listas de libros porque uno se entera de aquellos volúmenes que tal vez nos pasaron inadvertidos o, por el contrario, escuchamos por enésima vez sobre aquellos que han hecho tanto ruido que terminamos adquiriéndolos de una vez para ver cual es el maldito alboroto.

Más aún: he notado que esta bonita costumbre ha tomado dos vertientes por demás curiosas. Por un lado, están las listas del canon, «eruditas», las cuales se erigen como un franco concurso de popularidad, auspiciadas por «críticos» que hablan y recomiendan libros bajo el pomposo título de «Lo mejor de lo mejor» y que parecieran incluir solo las obras que los grandes consorcios y los amigos les han hecho llegar o, quizá peor, que no han podido —o no han querido— pasar de la mesa de novedades de las grandes librerías. Por otro lado, están las de aquellos que, en un ejercicio de honestidad, desprenden su listado de todo superlativo y simplemente afirman: «esto fue, ya por encargo, por casualidad o curiosidad, lo que leí este año y que me parece digno de mención». Y aunque ambas listas puedan coincidir en uno o varios títulos, hay una diferencia notable entre ambas. Mientras una asegura tener la verdad verdadera en las manos, la otra acepta sus limitaciones y suscribe sus sugerencias de aquello con lo que pudo trabajar. Esto, en verdad, me parece honesto y loable.

Tan solo en España, entre editoriales comerciales, independientes y ediciones de autor, se publicaron 81,391 libros en 2016. Eso equivaldría a leer 223 libros diarios. Ahora sumémosle lo que se publica en México y el resto de América Latina. Es cierto: en esta cifra se incluyen libros infantiles, juveniles, didácticos, de superación personal y de otro tipo que quizá no entren en nuestro radar de intereses. Pero, aún así, ¿quién tiene el tiempo y los recursos para leer todo lo que se publicó en un año? Yo, por mi parte, confieso que aún no termino de leer los que compré en la Feria del Libro del año pasado.

No obstante, reitero, me gustan las listas. Disfruto encontrarme con sus recurrencias —como en este año los libros de Antonio Ortuño y de Fernanda Melchor—, pero también con sus discrepancias y sorpresas. Ignoro si ustedes, al igual que yo, son asiduos a la lectura de este tipo de anuarios. Ignoro si quienes los escriben lo hacen por compromiso, por vanidad o por un sincero deseo de compartir y replicar sus experiencias literarias. Si quienes las leen son autores en busca rating, lectores interesados en confirmar su calidad de tales o agentes literarios que a la caza de la siguiente gran estrella. Si mis padres, mis primos o mis compañeros de trabajo se han topado con alguno de estos listados y han decidido hacer o hacerse un regalo navideño tomando en cuenta una o varias de sus recomendaciones. Esto último, en todo caso, sería lo ideal: llegar a quienes están un tanto apartados del mundo del libro.

Quizá la lista de listas no es tan mala idea: habría que proponer una que conjunte los éxitos comerciales de las transnacionales con aquellas lecturas del underground independiente que hicieron mella en los apasionados de la lectura. Porque, finalmente, las listas tendrían que ser eso: un índice de libros que, de tan bien logrados, resulten siginificativos para más de uno,  los leamos el año en que fueron publicados o cualquiera de los que están por venir.

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