Yo también soy escritor…

Cuando gozaba de las dulces mieles del godinato, noté una costumbre entre la gente del medio: cuando recién nos presentábamos, justo después de cuál era mi nombre, me preguntaban cuál era mi ocupación. Esto no tendría nada de particular, de no ser porque la verdadera intención encubierta era hacerme saber cuál —y cuán importante— era su trabajo:

—¿Y a qué te dedicas?

—Yo estoy como Apoyo de Estrateg…

—Ah, mira. Yo soy Coordinador de Proyectos Estratégicos [lo que sea que eso signifique].

Y entonces yo terminaba la charla, pues sabía lo que venía a continuación: «he hecho esto, aquello y lo demás; gano tanto al mes; una vez conocí al diputado Pérez…». Como los dioses no me congraciaron con el bloqueo mental diplomático, al instante tomaba una carpeta o el teléfono, los veía con preocupación, y decía «Uy, permíteme, tengo que revisar esto de manera urgente». Aunque al principio esta respuesta mía me parecía completamente descortés, luego entendí que a estos individuos en cuestión no les preocupa: siempre hallarán la manera de contarte sus hazañas aunque lo hayan hecho ya 17 veces antes.

Sin embargo, cuando dejé la vida de oficina y sus banalidades —como la quincena puntual y el aguinaldo—, también me alejé de esta curiosa práctica social. Primero, porque pasaba los días encerrado en casa o encerrado en la cantina: convivía a diario con los mismos rostros familiares, quienes no tenían interés en tales rutinas. Y, después, porque durante mucho tiempo no sabía definirme: cuando, por alguna extraña casualidad alguien intentaba realizar este tipo de interacción, yo evitaba responder de manera directa con frases como «Esto que ves es lo que hago» o «¿Qué significa realmente eso de “dedicarse a algo”?», con lo que la situación se enrarecía y entonces era la otra persona la que tomaba su teléfono y se disculpaba para contestar un mensaje fantasma.

Me tomó un par de años, después de publicar una plaquette y una novela, asumirme como escritor: título que evitaba por considerarlo pomposo y que, para mi sorpresa, causaba cierto entusiasmo —al menos, más del que causaba cuando era oficinista. «¿Y qué escribes?» era la pregunta inmediata. «Narrativa… cuentos y novelas». «Ah, cuentos como para niños». «No, los cuentos no son necesariamente para niños… Digamos que escribo historias». Y la conversación seguía con otras preguntas y aseveraciones erróneas por el estilo, de cosas que no todo el mundo tiene por qué saber.

Pero, entonces, como demonio del pasado, esta estirpe de necesitados de sí mismos finalmente me encontró. No bien había dicho «Soy escritor», su réplica instantánea fue «Ah, yo también escribo». Tal afirmación, aún a estas fechas, me sigue desarmando en la interacción social. «Ah… ¿y qué escribes?», dije yo sin saber muy bien para dónde hacerme. «Pues de todo. Escribo cosas de filosofía, de política. Historias de mi vida. También tengo poemas, canciones, calaveritas, bombas…». ¡Ahora era yo quien estaba preguntando! Había intentado escapar del demonio de la presunción godinezca y me lo había encontrado de nuevo en estos lares —que quizá son también sus lares. La cosa se puso peor cuando cometí la imprudencia de decir que también soy editor.

Todo el mundo tiene un artista interior, frustrado o no, y creo que eso está bien. Pero no deja de llamarme la atención que aún en nuestros días, cuando todo padre responsable sabe que no debe dejar a su hijo estudiar Literatura o Letras Hispánicas o Filosofía porque luego de qué va a vivir, exista un halo de misticismo y romanticismo en la figura del escritor. Ignoro cuál es la idea que cada uno de ustedes tendrá de esta bonita profesión —¿o será oficio?, ¿divertimento, acaso?—: si creen que los escritores hablan con las musas, si ganan millonadas en regalías, si tienen cientos de mujeres y hombres tras sus partes pudendas… Supongo que habrá de todos los casos. Por lo pronto, uno tiene que vivir como siempre lo ha hecho, con sus privilegios y limitaciones, con sus demonios y traumas de la infancia, con la mundanalidad de levantarse temprano para ir a trabajar o hacer el desayuno o llevar a los hijos a la escuela o preocuparse porque los primeros seis meses del año son un terribles para el freelancing. Y, con todo ello, uno tiene que encontrar el tiempo para sentarse a escribir: para exorcizar demonios, para decir eso que necesita ser dicho o por la mera vanidad que surge cuando se te acercan con un «Me gustó mucho tu libro, ¿para cuándo el otro?».

 

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