De historias…

Leo una entrada del blog del Washington Post dedicada a Sara Hurwitz, la mujer detrás de los discursos de Michelle Obama desde hace siete años. De entre todo, me llaman la atención dos cosas.

La primera es la relación entre ambas mujeres. Al escribir, Hurwitz utiliza tapones en los oídos e imagina la voz de Obama mientras las palabras aparecen en la pantalla. Su nivel de compenetración ha sido tal, que puede discernir si una expresión o toda una frase corresponden o no al discurso de la primera dama. Lo anterior es producto del trabajo mano a mano que comenzó siete años atrás con las palabras: «Ok, ésta es quien soy. De aquí es de donde vengo. Ésta es mi familia. Éstos son mis valores y ésto es de lo que quiero hablar». Obama, dice Hurwitz, sabe quién es, qué piensa, qué quiere decir.

La otra, es una anécdota. «Esta escuela fue fundada como parte de un esfuerzo deliberado y sistemático por acabar con su cultura, para literalmente aniquiliar quiénes son y en lo que creen. Pero mírense ahora, las lenguas nativas que alguna vez fueron estrictamente prohibidas, ahora hacen eco a través de los pasillos y en las conversaciones nocturnas que tienen en sus dormitorios». Lo anterior es parte del discurso que la primera dama dio en la Santa Fe Indian School. Un discurso que conmovió a la misma Hurwitz, a pesar de que ella ayudó a confeccionarlo, pues fue consciente del peso de sus palabras: ahí estaba la tataranieta de esclavos hablando de libertad a un auditorio lleno de estudiantes indios americanos. Ahí, toda la historia personal de Obama y su contexto actual e histórico se le revelaron.

Todos contamos historias: a nuestra familia, a nuestros jefes, a la gente que nos sigue en las redes sociales. Todo lo que decimos habla de nosotros, de la historia que queremos contar, seamos o no conscientes de ello. Las historias nos mueven, nos impactan, nos emocionan. Pero para contar una buena historia es necesario llegar a cierto grado de conocimiento, ya sea propio o de nuestro personaje. ¿Qué tanto nos conocemos? ¿Qué tan bien decimos lo que queremos comunicar? ¿Hacia dónde nos dirigen nuestras historias? Y, más importante, ¿qué nos hará sentir nuestro relato cuando el tiempo y las circunstancias nos obliguen a tomar distancia?

 

 

 

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